El sábado 14 era nuestro último día en Grecia. Al día siguiente volvíamos a casa temprano, de modo que teníamos un programa de actividades bastante apretado para poder ver todo lo que pudiéramos de Atenas. Yo ya estaba bastante agotado, pero ya descansaríamos a la vuelta. Además, ya os he contado que yo era el encargado de conducir siempre, pero a cambio Tereixa era quien llevaba nuestra mochila el resto del tiempo, así que yo no necesitaba llevar peso. Menos mal que la mierdacría está en buena forma y aguantaba bien.
El único peso que llevaba era el de la cámara fotográfica, que al fin y al cabo es pequeñita, pero de tanto andar con ella en el bolsillo acaba haciéndose un poco molesta. En casi todos los recintos cerrados de Grecia te dejan hacer fotos sin flash, incluyendo los museos y similares. La principal excepción son, para variar, las iglesias. A veces me acordaba del buda de Nara, en Japón, junto al cual hay un cartel que te anima a hacerle fotos para llevar su imagen por todo el mundo.
Después de nuestro habitual desayuno temprano empezamos nuestro recorrido. Que era bastante simple: queríamos ver todos los sitios a los que se puede entrar con la entrada combinada de la Acrópolis que compramos el día anterior, más el museo de la Acrópolis (que se paga aparte) y, si teníamos tiempo, el museo Arqueológico, que pillaba un poco más lejos. Empezamos por lo que quedaba más cerca del hotel: la Biblioteca Adriana.
Tal vez el nombre de Adriano no os suene muy griego, pero esto se debe a que no era griego (toma ya). En Grecia también hay bastantes ruinas romanas, pues entre los siglos II y I a.C. pasaron a ser una provincia romana. Como los romanos tomaron gran parte de la cultura griega, incluido el arte, existe continuidad y no es tan fácil para un visitante poco entrenado distinguir si las ruinas son griegas o romanas.
En la Biblioteca Adriana, como en tantos otros monumentos de la capital, se llevaron a cabo diversos trabajos de consolidación y restauración de cara a los Juegos Olímpicos de 2004. Era la época en que todavía había dinero, claro. Hoy día también hay obras en muchas ruinas, pero se ven muy paradas, lo que no es de extrañar dada la situación económica del país.
Como ya he mencionado antes, en todas las ruinas hay muchos gatos, igual que pasa en otros países mediterráneos como Turquía o Italia. Pero aquí lo que hay son tortugas. Ignoramos el motivo, pero hay unas cuantas. Luego vimos otra en Kerameikós, pero muerta, o eso parecía. Ya sabéis que las tortugas tienen una cierta tendencia a la inmovilidad.
De allí nos fuimos a visitar las dos ágoras; primero la romana y después la griega. En la romana no estuvimos mucho rato: es relativamente pequeña y quedan pocas cosas en pie, salvo una torre astronómica que está casi intacta. Pero la griega nos llevó un buen rato porque es bastante grande. Destacan en ella dos edificios: la Stoa de Attalos y el Templo de Efaistos.
La stoa, o galería comercial, era un edificio bastante habitual en las ágoras griegas. Son bastante grandes y tienen un pórtico cubierto bajo el cual se colocaban los comerciantes que no tenían puestos en el interior. La de Attalos podemos considerarla un sacrilegio porque está reconstruida íntegramente: es decir, no hay casi nada original en ella, salvo las numerosas estatuas que en ella se muestran, pues actualmente se utiliza como museo. A nosotros casi nos apetecía ver un edificio así, aun sabiendo que es una reconstrucción de hace 60 años, porque eso de imaginarte todo a partir de las ruinas acaba cansando un poco.
El templo de Efaistos, en cambio, se conserva casi como era hace más de dos milenios. Se considera el templo dórico mejor conservado y es uno de los edificios que más nos gustó de Grecia. Además, por la noche lo iluminan y, como está sobre una pequeña colina, se ve bastante bien desde las terrazas de Monastiraki, situadas junto al ágora. Nosotros lo veíamos mientras cenábamos.
En los recintos arqueológicos griegos se oye, de vez en cuando, un silbato. Corresponde a alguno de los vigilantes que están sentados por ahí vigilando a los turistas. Cuando uno se sube donde no debe, ¡¡¡piiiiiiiiii!!! Claro que no solo se baja de donde sea el destinatario del pitido, sino que todos los demás también nos apartamos de donde estamos, por si acaso. De todos modos, los vigilantes no se meten con nadie a menos que alguien haga lo que no debe.
Por si no miráis los textos alternativos de las fotos (solo tenéis que poner el cursor encima para ello), la foto anterior está tomada desde la Acrópolis. Que es adonde nos dirigimos después de recorrer el ágora griega. A mediodía, con toda la solana y con toda la masa de turistas, de la que pronto formamos parte. Pero era lo que mejor nos quedaba para no dar demasiada vuelta. La Acrópolis es visita obligada en Atenas, desde luego, pero mejor si vais a primera hora de la mañana o a última de la tarde. Si no, hay mucha gente. Y me imagino que en agosto aún será peor.
En fin, subimos la colina (después de los mil y pico escalones de Nafplio, aquello era pan comido) y nos presentamos ante el Propileo. La Acrópolis tiene cuatro puntos de especial interés: el Propileo o pórtico de entrada, el templo de Atenea Niké (o de la Victoria Áptera), el Erectheion y el Partenón. Todo ello dedicado, en general, a Atenea, la diosa protectora de Atenas.
Antes de cruzar el Propileo tenéis que mirar arriba a la derecha. Ahí está el pequeño, pero bonito templo de Atenea Niké, también llamado de la Victoria Áptera. Atenea se adoraba bajo diversas advocaciones (¿alguien ha mencionado a la Virgen María?), una de las cuales era Atenea Niké, diosa de la victoria. Niké en griego significa victoria; de ahí el nombre de la conocida marca deportiva que solo se llama naik en España. Pero no se refiere a Atenea, sino a la otra diosa Victoria, la Victoria Alada; el simbolito de Nike se supone que representa dos alas. Pero Atenea era diosa de muchas cosas, entre ellas algunas que ya tenían otro dios o diosa menor. Por ejemplo, era Atenea Hygeia, diosa de la salud, pese a haber también otra diosa menor llamada Hygeia que se dedicaba a lo mismo.
Nada más pasar el Propileo, a la izquierda, se encontraba la estatua de Atenea Promachos ("la que lidera en la lucha").
- Espera, espera: ¿Promachos? Tío, no me vengas con mandangas que eso significa lo que significa.
- A ver, la ch de las transliteraciones griegas se pronuncia como nuestra j, aunque en las palabras de origen griego ha evolucionado en nuestro idioma con el sonido k. De machos derivan palabras como tauromaquia.
- Si, ya, lo que tú digas...
En fin, disculpen la interrupción. Detrás de la estatua de Atenea Promachos estaba uno de los grandes templos de la Acrópolis y, seguramente, uno de los más originales de toda Grecia: el Erechtheion.
- Mira, para que no digas que no me fijo: la th se pronuncia como nuestra z y la ei se pronuncia, simplemente, i, ¿verdad?
- Pues sí, pero...
- Por tanto, Erechtheion se pronuncia...
- ¡Que te he dicho que la ch se pronuncia j, carajo!
- Ya. Como la pronunciaría José Bono, vamos.
- Ya vale de bromitas infantiles. Además, el acento va en la segunda e.
Bien, volvamos a lo nuestro. El Erechtheion es original porque está situado sobre una zona con desnivel. Por tanto, rompe totalmente la simetría clásica. Es más alto por un lado que por el otro y tiene un total de tres pórticos, entre los que se encuentra el famoso Pórtico de las Cariátides, que representan a algunas de las korai que servían a la diosa Atenea. El Erechtheion se llama así porque estaba dedicado a Erechtheys, un líder ateniense legendario, además de a la diosa Atenea Polias.
- ¡Atenea P...! Tío, es que me lo estás poniendo todo a huevo.
- A ver, se llamaba así porque era la protectora de la ciudad; viene de polis.
- Viene de hostias. Primero Atenea Promachos, luego Polias y tiene un templo llamado Erejción. Yo te diré a qué se dedicaba esa tía.
- Oye, estamos hablando de arte y me vienes con tonterías de críos. No demuestra mucha madurez pensar todo el rato en estúpidos juegos de palabras.
- Te daría la razón si no fuera porque estos diálogos te los estás inventando tú. Yo solo soy un tipo que te has inventado para proyectar las gilipolleces que no te atreves a decir por ti mismo.
- Estoooo...
¿Por dónde íbamos? Bueno, eso, que andábamos por la Acrópolis. Para el final he dejado el edificio más famoso de todos: el Partenón, dedicado a Atenea Parthenos o Atenea Virgen. Sí, Atenea era virgen, como la otra. Se supone que esa diosa representaba todas las virtudes y, por tanto, era inmune al pecado de la carne; esas cosas se las dejaba a Afrodita, que se tiraba a todo el panteón. Aunque Atenea era la madre adoptiva de Erichthonios, el abuelo de Erechtheys. La historia tiene su gracia: el bueno de Efaistos intentó zumbarse a Atenea y la persiguió al efecto, pero esta lo evitó y el tipo, que iba más salido que el pico de una plancha, eyaculó en el suelo. Y de ahí salió Erichthonios, a quien recogió Atenea. En cuanto a Afrodita, si recordáis el famoso cuadro de Boticelli, nació de la espuma del mar; pero tal vez no sepáis que esa espuma la levantaron los cojones de Urano cuando su hijo Cronos se los cortó y los tiró al mar. La mitología griega es graciosa.
Volvamos al Partenón. Para nuestra desgracia, estaba en obras pero bien. La fachada occidental del enorme templo estaba cubierta de andamios. Y rodeado de turistas, claro. En el Erechtheion estábamos cuatro gatos, como podéis deducir de la foto, pero es que estaban todos aquí. Parece que mucha gente suelta los 12€ solo para ver el Partenón. El resto de la Acrópolis lo ve desde lejos y a los demás recintos, ni se molesta en ir. Bueno, ellos se lo pierden.
Y eso que, al igual que ocurre con los demás templos de la Acrópolis, solo puede verse desde fuera y ni siquiera dejan acercarse mucho. Eso sí, os aseguro que el Partenón impresiona.
Pese a que no estábamos seguros de que nos diera tiempo de ver todo antes de la hora de comer, lo cierto es que nos sobró tiempo (con una horita vas que te matas), de modo que bajamos a Kerameikón. Que no es sino un cementerio. De esos de enterrar gente, con sus lápidas y demás. Es un sitio bastante interesante, aunque la mayoría de las lápidas son reproducciones (las originales están en el Museo Arqueológico) y casi desierto, por lo que pudimos recorrerlo a nuestro gusto.
Y de ahí sí que fuimos a comer. A un sitio de turistas en Monastiraki, pero bastante barato y razonable. Eso sí, luego fuimos a un café a tomarnos un frappé como dios manda para descansar de la paliza matutina. El último frappé de Grecia. Ay, cómo lo echaremos de menos.
Y después del descanso, al museo de la Acrópolis. Que no está en la propia Acrópolis (el antiguo museo, situado allí, se quedó pequeño y ya no se utiliza), sino al pie de la colina. Está situado de manera que por los ventanales puede verse la Acrópolis y, sobre todo, el Partenón. La última planta del museo tiene exactamente el mismo tamaño y orientación que el templo y en su interior están todas las estatuas, metopas y relieves originales situados en el lugar que les correspondería. Al menos, los que no se llevaron los ingleses al British Museum, claro. Lord Elgin aprovechó la época de la dominación otomana para llevarse todo lo que le apeteció de la Acrópolis, con la excusa de que estaba echada a perder. No es, precisamente, un personaje muy querido en Grecia. Con "todo lo que le apeteció" me refiero a cosas como una de las cariátides del Erechtheion y unos cuantos frisos sacados a martillazo limpio. Claro que no todos los destrozos se deben a él. La Acrópolis ha volado por los aires varias veces a lo largo de la historia y las diversas razzias anti-paganas también sirvieron para destrozar muchas esculturas. Es famoso un friso que se salvó porque los píos cristianos que estaban cargándoselos a martillazos descubrieron que, oh milagro, representaba la Anunciación de la Virgen. Claro que la "virgen" era la diosa Hera y el "ángel", su hija Hebe (que a veces se representaba con alas).
Además, en el museo pueden verse cinco de las Cariátides originales del Erechtheion (solo falta la que robó Lord Elgin) y montones de estatuas y otras piezas encontradas en la Acrópolis, correspondientes tanto a los templos actuales como a otros desaparecidos. En el museo podéis pasar, tranquilamente, el doble de tiempo que en la Acrópolis. Y para los niños tenían montado una especie de recorrido en torno a la diosa Atenea (no sé si otras veces lo montarán de otra forma). Muchas de las estatuas de la diosa tenían un cartel de colores en el que daban explicaciones mitológicas, artísticas y arqueológicas dirigidas al público infantil, aunque útiles para cualquiera (todas las piezas tienen sus explicaciones, de todos modos, y son bastante buenas).
Ya solo nos quedaba un recinto por ver: el templo de Zeus Olímpico, que el día anterior habíamos visto desde fuera. Pero, oh sorpresa: pese a que en nuestra guía ponía que cerraba a las ocho, en realidad lo hacía a las cinco, de manera que nos quedamos sin verlo. Un amable taxista vino en seguida a decirnos que ya estaba cerrado y que mejor nos íbamos a la colina más alta de Atenas, desde la que había una excelente vista de la ciudad. No, gracias, ya la hemos visto bien desde la Acrópolis. No, no, la Acrópolis está muy abajo, la otra es mucho mejor. Bueno, Alexis ya nos había prevenido contra los taxistas griegos y pasamos de él.
Además, nuestra intención era terminar el recorrido en un recinto cercano que a los dos nos apetecía mucho: el estadio Panathinaikos, que el día anterior no llegamos a visitar. Y aún teníamos más ganas después de haber visto la copa original de Spyridon Louis, el ganador de la primera maratón de la historia, la de los Juegos de Atenas 1896, que está expuesta en el museo de la Acrópolis (mientras le construyen una sala especial en otro sitio). Claro que no pensábamos que dejasen entrar, pero sí. Aunque llegamos tarde (caca). De todos modos, se ve muy bien desde fuera porque le falta uno de los fondos por completo, el que da a la calle y se usa como entrada. Hoy día en el estadio se celebran competiciones atléticas oficiales porque las dimensiones de su pista no lo permiten, pero sí algunas escolares, además de espectáculos varios.
Y ya era hora de pasar por el hotel, cambiarnos e ir a cenar por última vez en Grecia. Nuevamente en Monastiraki con unas hermosas vistas al templo de Efaistos. Y al hotel a dormir, que al día siguiente nos teníamos que levantar a las (glups) cinco de la mañana para coger el avión.
Cuando salimos del hotel a las seis teníamos unas bolsas de desayuno preparadas, tal como acordamos la noche anterior. A cambio les dejé mi ordenador en la habitación; más de 100€ me va a costar la broma de que me lo manden a casa. Fuimos a la parada del autobús que nos llevaría al aeropuerto y pronto vino un amable taxista (no sé si el mismo del día anterior) a informarnos de que los autobuses no pasaban porque había huelga. Espantamos al timador y vuelta a casa sin más incidentes. Eso sí, en cuanto llegué a casa, me eché una siestecita casi hasta el día siguiente.
Resultado del viaje: Tereixa no ligó con ningún griego y yo, con tanto tute, perdí un par de kilos. Tendremos que repetir otro año.
Tereixa en busca de Leónidas
lunes, 23 de septiembre de 2013
martes, 17 de septiembre de 2013
13/09 Atenas
El viernes nos tocaba nuestro último traslado, esta vez a Atenas. Pero por el camino queríamos ver un par de sitios más. En concreto Micenas y los alrededores de Corinto.
Ir a Micenas tiene un problema: los malditos exónimos. Con esto quiero decir que Micenas o Mycenas es el nombre del lugar en varios idiomas, pero no en griego. Así que no lo encontrábamos en el mapa ni en el TomTom. Vale, puedes buscar lugares con nombres parecidos, pero recordad que Micenas no solo es un lugar, sino también el nombre de una cultura. Resultado: después de recorrer una carretera, digamos, mejorable (con su trozo sin asfaltar y todo), acabamos en unas ruinas micénicas distintas de las que queríamos. Por suerte no estaban muy lejos de Mykines, que es el nombre griego de la antigua Micenas.
Antes de nada, tened en cuenta que las ruinas de Micenas datan del segundo milenio a.C., así que su estado no es primoroso. En realidad, llevan unos tres mil años así, porque muchos de los edificios se construyeron y destruyeron alrededor del siglo XII a.C. Eso es mucho tiempo. Pero sigue pudiendo verse el trazado de los antiguos edificios, la famosa puerta de los leones y, sobre todo, las tumbas.
Por las tumbas es por donde empezamos nuestro recorrido. Hay dos juntas llamadas de Aegisthos y Clytemnestra por dos personajes importantes de la historia de Mycenas, pero realmente no se sabe quién estaba enterrado en ellas. La historia de Aegisthos, Clytemnestra, Atreo (a cuyo nombre hay otra tumba un poco más lejos) y Agamemnon (a quien se cree que realmente pertenecía la tumba de Atreo) es la habitual: matanzas familiares, hijos que matan a padres y demás. Al parecer en la antigua Grecia, cuando se encontraban dos mujeres con los niños, la conversación venía a ser así:
- Vaya, Eleftheria, cuánto tiempo.
- Pues ya ves, Ifigenia, por aquí seguimos.
- Qué grande tienes al niño. Este ya habrá matado a su padre, por lo menos.
- Pues aún no, pero yo creo que le quedan dos telediarios.
Lo que no entiendo es cómo seguían teniendo hijos, la verdad.
Bien, las ruinas de la ciudadela estaban bastante concurridas. Había varios grupos guiados por todas partes pero, misteriosamente, en las tumbas no había casi nadie. Y, como os digo, están muy bien conservadas. Vacías, eso sí; cuando llegaron los arqueólogos ya estaba todo saqueado. Así que no se sabe muy bien cómo se ocupaban esos grandes recintos semisubterráneos en forma de colmena. En esta foto del interior de la tumba de Clytemnestra podréis apreciar a qué me refiero con lo de grandes.
El museo arqueológico anexo a las ruinas también es bastante interesante aunque, como pasaba en Epidauro, algunas de las piezas son copias porque el original está en Atenas. Pero sirve muy bien para conocer la antiquísima cultura micénica.
Al salir paramos para ver el llamado Tesoro de Atreo (en realidad, la tumba vacía, similar a la de Clytemnestra pero más grande), al que puede entrarse con la misma entrada del recinto arqueológico, y seguimos nuestro viaje hacia Corinto.
Corinto está aún en el Peloponeso, pero ya muy cerca del istmo que une (o unía) la península al continente. Digo lo de unía porque ahora el istmo está atravesado por el canal de Corinto. De todos modos, el canal no es muy ancho y casi ni nos dimos cuenta cuando lo atravesamos. Hoy día no hay muchas cosas interesantes en la ciudad, salvo una fortaleza que no supimos encontrar. Así que nos dedicamos a lo habitual: ver una ciudad griega sin turistas y comer en ella, a poder ser junto al mar. Con éxito. Y esta vez superándonos a nosotros mismos: no solo no tenían menú en inglés, es que ni siquiera tenían menú escrito donde comimos. Nos lo cantó la camarera en griego y fuimos capaces de pedir casi exactamente lo que queríamos. Digo casi porque me equivoqué y pedí γαύρο (gavro, anchoas) en lugar de γαριδες (garides, boquerones). Y menos mal, porque estábamos equivocados y, en realidad, γαριδες significa gambas. Nos las habríamos comido igual, claro, pero por error pedimos lo que de verdad queríamos. Suerte, oye.
Después de comer y pasear un poco por el centro de Corinto, que está lleno de cafeterías muy animadas y gente bebiendo café frappé (todavía no sé cómo no nos pedimos uno nosotros también), nos dirigimos definitivamente a Atenas. En lugar del camino que nos indicaba el TomTom, hicimos caso a la recomendación de Alexis para evitar atravesar toda Atenas. Y solo nos equivocamos un poquito: cogimos la salida anterior a la correcta. Lo malo es que la circunvalación de Atenas es de pago y la tarifa es fija: 2,80€ vayas adonde vayas. Así que tuvimos que pagar dos veces, porque volvimos a entrar para salir, quinientos metros más adelante, por el sitio correcto. Bueno, tampoco fue tan importante. Eso sí: en vista del tráfico de Atenas y la forma de conducir de los atenienses, agradecimos el consejo que nos permitió ir casi en línea recta a las oficinas de Hertz para devolver el coche; casi sin una gota de gasolina, ya que nos habían obligado a comprar el depósito lleno al cogerlo. Aquí nos trataron mucho mejor que en el aeropuerto y creo que hasta nos habrían acompañado al hotel si se lo hubiéramos pedido. Pero, una vez nos orientamos con el plano de la ciudad, fuimos los dos andando tranquilamente, atravesando el barrio de Plaka.
Para quienes no lo conozcáis, Plaka es el barrio más turístico de Atenas. Está lleno de restaurantes y tiendas de recuerdos. Y turistas, claro. De todos modos, vale la pena pasear un poco por allí, aunque para comer y cenar teníamos pensado ir al cercano Monastiraki, que no es demasiado diferente, pero menos turísitico.
Nuestro hotel, el Amazon, estaba realmente bien situado. En el límite de Plaka, muy cerca de la plaza Syntagma (que significa Constitución) y con vistas a la Acrópolis. Claro que desde cualquier sitio de Atenas hay vistas a la Acrópolis. En fin, dejamos las cosas y, aunque ya era un poco tarde para ir a visitarla, decidimos ir hacia allí a ver qué nos encontrábamos. Sin plano, que Tereixa decidió hacer una exhibición de sus habilidades para orientarse (que son bastante buenas, todo hay que decirlo). Era fácil ir en la dirección correcta, pero lo malo era que muchas veces las callejuelas no tenían salida. Finalmente tuvimos suerte (Tereixa diría que fue un nuevo acierto suyo) y dimos con la entrada a la ladera sur de la Acrópolis.
La entrada a la Acrópolis cuesta 12€, pero da derecho a entrar en otros cinco recintos arqueológicos de la ciudad durante cuatro días. Nuestra intención era visitarlos todos. Y uno de ellos es esta ladera sur, donde se encuentra el santuario del popular dios Dionysos. Los griegos no eran tontos y el dios más popular era el de el vino y la juerga. En los momentos de necesidad los atenienses recurrían a la diosa protectora de la ciudad, Atenea; pero en otras circunstancias, mucho mejor a Dionysos, dónde vas a parar.
Dentro del santuario están los restos de varios templos, una stoa (o galería comercial) y un teatro. Además se puede recorrer parte del peripatos o paseo circular que rodea la Acrópolis. Por aquí iban los filósofos discutiendo de sus cosas en tiempo. El teatro de Dionysos, pese a no conservarse demasiado mal, ya no se usa, pero sí el cercano de Herodes Atticus (o, como lo llamaba Tereixa en una de sus asociaciones de ideas, el teatro del Pequeño Ruiseñor). De hecho, estaban ensayando en él un espectáculo cuando pasamos.
Después de aquello salimos por la calle Dionysios Areopagita (o Aerofágico, que decía Tereixa) y fuimos en busca del precioso estadio Panathinaikos, donde se celebraron los Juegos Olímpicos de 1896. Lo habíamos visto desde la ladera, además de haber pasado por al lado con el coche, y queríamos ir a verlo. Pero esta vez las habilidades de Tereixa fallaron y acabamos en la plaza Syntagma, que tampoco está muy lejos. Aunque ella os diría que no fallaron, sino que nos llevaron allí unos minutos antes del cambio de guardia, conque nos quedamos a verlo. Lo hacen cada hora y es bastante espectacular. Nos habría gustado ver la ceremonia solemne que se hace el domingo por la mañana, pero ya no íbamos a estar allí; de todos modos, ya os digo que la normal también es chula.
Pasamos por el hotel, nos cambiamos y nos fuimos a cenar a Monastiraki, como habíamos pensado. A esa hora Plaka estaba en plena ebullición, pasamos por alguna calle que incluso agobiaba un poco por lo atiborrada de terrazas y ganchos de los restaurantes a la caza del turista, pero Monastiraki es más bonito. No es que esté vacío, ni de lejos, pero se está mejor. Cenamos en uno de los muchos restaurantes con música en vivo, lo que evitaba el paso de los músicos ambulantes (lo pongo en cursiva porque suelen ser muy malos). Pedimos una cosa llamada μπεκρή μεζές o plato del borracho solo por el nombre, porque no teníamos ni idea de qué sería, pero estaba bastante bueno. En realidad, todo lo que comimos en el viaje estaba bueno, para qué engañarnos. Y tras un paseo por el barrio y un sobresalto por el estampido de las campanas de una iglesia (por la noche, pero en Grecia la iglesia ortodoxa manda mucho y hace lo quiere) nos fuimos a dormir. Bastante cansados.
Hoy pensaba escribir una entrada doble para cubrir todo lo que quedaba de viaje. Pero como también ahora estoy cansado, dejaré el último día para mañana. Hasta entonces.
Ir a Micenas tiene un problema: los malditos exónimos. Con esto quiero decir que Micenas o Mycenas es el nombre del lugar en varios idiomas, pero no en griego. Así que no lo encontrábamos en el mapa ni en el TomTom. Vale, puedes buscar lugares con nombres parecidos, pero recordad que Micenas no solo es un lugar, sino también el nombre de una cultura. Resultado: después de recorrer una carretera, digamos, mejorable (con su trozo sin asfaltar y todo), acabamos en unas ruinas micénicas distintas de las que queríamos. Por suerte no estaban muy lejos de Mykines, que es el nombre griego de la antigua Micenas.
Antes de nada, tened en cuenta que las ruinas de Micenas datan del segundo milenio a.C., así que su estado no es primoroso. En realidad, llevan unos tres mil años así, porque muchos de los edificios se construyeron y destruyeron alrededor del siglo XII a.C. Eso es mucho tiempo. Pero sigue pudiendo verse el trazado de los antiguos edificios, la famosa puerta de los leones y, sobre todo, las tumbas.
Por las tumbas es por donde empezamos nuestro recorrido. Hay dos juntas llamadas de Aegisthos y Clytemnestra por dos personajes importantes de la historia de Mycenas, pero realmente no se sabe quién estaba enterrado en ellas. La historia de Aegisthos, Clytemnestra, Atreo (a cuyo nombre hay otra tumba un poco más lejos) y Agamemnon (a quien se cree que realmente pertenecía la tumba de Atreo) es la habitual: matanzas familiares, hijos que matan a padres y demás. Al parecer en la antigua Grecia, cuando se encontraban dos mujeres con los niños, la conversación venía a ser así:
- Vaya, Eleftheria, cuánto tiempo.
- Pues ya ves, Ifigenia, por aquí seguimos.
- Qué grande tienes al niño. Este ya habrá matado a su padre, por lo menos.
- Pues aún no, pero yo creo que le quedan dos telediarios.
Lo que no entiendo es cómo seguían teniendo hijos, la verdad.
Bien, las ruinas de la ciudadela estaban bastante concurridas. Había varios grupos guiados por todas partes pero, misteriosamente, en las tumbas no había casi nadie. Y, como os digo, están muy bien conservadas. Vacías, eso sí; cuando llegaron los arqueólogos ya estaba todo saqueado. Así que no se sabe muy bien cómo se ocupaban esos grandes recintos semisubterráneos en forma de colmena. En esta foto del interior de la tumba de Clytemnestra podréis apreciar a qué me refiero con lo de grandes.
El museo arqueológico anexo a las ruinas también es bastante interesante aunque, como pasaba en Epidauro, algunas de las piezas son copias porque el original está en Atenas. Pero sirve muy bien para conocer la antiquísima cultura micénica.
Al salir paramos para ver el llamado Tesoro de Atreo (en realidad, la tumba vacía, similar a la de Clytemnestra pero más grande), al que puede entrarse con la misma entrada del recinto arqueológico, y seguimos nuestro viaje hacia Corinto.
Corinto está aún en el Peloponeso, pero ya muy cerca del istmo que une (o unía) la península al continente. Digo lo de unía porque ahora el istmo está atravesado por el canal de Corinto. De todos modos, el canal no es muy ancho y casi ni nos dimos cuenta cuando lo atravesamos. Hoy día no hay muchas cosas interesantes en la ciudad, salvo una fortaleza que no supimos encontrar. Así que nos dedicamos a lo habitual: ver una ciudad griega sin turistas y comer en ella, a poder ser junto al mar. Con éxito. Y esta vez superándonos a nosotros mismos: no solo no tenían menú en inglés, es que ni siquiera tenían menú escrito donde comimos. Nos lo cantó la camarera en griego y fuimos capaces de pedir casi exactamente lo que queríamos. Digo casi porque me equivoqué y pedí γαύρο (gavro, anchoas) en lugar de γαριδες (garides, boquerones). Y menos mal, porque estábamos equivocados y, en realidad, γαριδες significa gambas. Nos las habríamos comido igual, claro, pero por error pedimos lo que de verdad queríamos. Suerte, oye.
Después de comer y pasear un poco por el centro de Corinto, que está lleno de cafeterías muy animadas y gente bebiendo café frappé (todavía no sé cómo no nos pedimos uno nosotros también), nos dirigimos definitivamente a Atenas. En lugar del camino que nos indicaba el TomTom, hicimos caso a la recomendación de Alexis para evitar atravesar toda Atenas. Y solo nos equivocamos un poquito: cogimos la salida anterior a la correcta. Lo malo es que la circunvalación de Atenas es de pago y la tarifa es fija: 2,80€ vayas adonde vayas. Así que tuvimos que pagar dos veces, porque volvimos a entrar para salir, quinientos metros más adelante, por el sitio correcto. Bueno, tampoco fue tan importante. Eso sí: en vista del tráfico de Atenas y la forma de conducir de los atenienses, agradecimos el consejo que nos permitió ir casi en línea recta a las oficinas de Hertz para devolver el coche; casi sin una gota de gasolina, ya que nos habían obligado a comprar el depósito lleno al cogerlo. Aquí nos trataron mucho mejor que en el aeropuerto y creo que hasta nos habrían acompañado al hotel si se lo hubiéramos pedido. Pero, una vez nos orientamos con el plano de la ciudad, fuimos los dos andando tranquilamente, atravesando el barrio de Plaka.
Para quienes no lo conozcáis, Plaka es el barrio más turístico de Atenas. Está lleno de restaurantes y tiendas de recuerdos. Y turistas, claro. De todos modos, vale la pena pasear un poco por allí, aunque para comer y cenar teníamos pensado ir al cercano Monastiraki, que no es demasiado diferente, pero menos turísitico.
Nuestro hotel, el Amazon, estaba realmente bien situado. En el límite de Plaka, muy cerca de la plaza Syntagma (que significa Constitución) y con vistas a la Acrópolis. Claro que desde cualquier sitio de Atenas hay vistas a la Acrópolis. En fin, dejamos las cosas y, aunque ya era un poco tarde para ir a visitarla, decidimos ir hacia allí a ver qué nos encontrábamos. Sin plano, que Tereixa decidió hacer una exhibición de sus habilidades para orientarse (que son bastante buenas, todo hay que decirlo). Era fácil ir en la dirección correcta, pero lo malo era que muchas veces las callejuelas no tenían salida. Finalmente tuvimos suerte (Tereixa diría que fue un nuevo acierto suyo) y dimos con la entrada a la ladera sur de la Acrópolis.
La entrada a la Acrópolis cuesta 12€, pero da derecho a entrar en otros cinco recintos arqueológicos de la ciudad durante cuatro días. Nuestra intención era visitarlos todos. Y uno de ellos es esta ladera sur, donde se encuentra el santuario del popular dios Dionysos. Los griegos no eran tontos y el dios más popular era el de el vino y la juerga. En los momentos de necesidad los atenienses recurrían a la diosa protectora de la ciudad, Atenea; pero en otras circunstancias, mucho mejor a Dionysos, dónde vas a parar.
Dentro del santuario están los restos de varios templos, una stoa (o galería comercial) y un teatro. Además se puede recorrer parte del peripatos o paseo circular que rodea la Acrópolis. Por aquí iban los filósofos discutiendo de sus cosas en tiempo. El teatro de Dionysos, pese a no conservarse demasiado mal, ya no se usa, pero sí el cercano de Herodes Atticus (o, como lo llamaba Tereixa en una de sus asociaciones de ideas, el teatro del Pequeño Ruiseñor). De hecho, estaban ensayando en él un espectáculo cuando pasamos.
Después de aquello salimos por la calle Dionysios Areopagita (o Aerofágico, que decía Tereixa) y fuimos en busca del precioso estadio Panathinaikos, donde se celebraron los Juegos Olímpicos de 1896. Lo habíamos visto desde la ladera, además de haber pasado por al lado con el coche, y queríamos ir a verlo. Pero esta vez las habilidades de Tereixa fallaron y acabamos en la plaza Syntagma, que tampoco está muy lejos. Aunque ella os diría que no fallaron, sino que nos llevaron allí unos minutos antes del cambio de guardia, conque nos quedamos a verlo. Lo hacen cada hora y es bastante espectacular. Nos habría gustado ver la ceremonia solemne que se hace el domingo por la mañana, pero ya no íbamos a estar allí; de todos modos, ya os digo que la normal también es chula.
Pasamos por el hotel, nos cambiamos y nos fuimos a cenar a Monastiraki, como habíamos pensado. A esa hora Plaka estaba en plena ebullición, pasamos por alguna calle que incluso agobiaba un poco por lo atiborrada de terrazas y ganchos de los restaurantes a la caza del turista, pero Monastiraki es más bonito. No es que esté vacío, ni de lejos, pero se está mejor. Cenamos en uno de los muchos restaurantes con música en vivo, lo que evitaba el paso de los músicos ambulantes (lo pongo en cursiva porque suelen ser muy malos). Pedimos una cosa llamada μπεκρή μεζές o plato del borracho solo por el nombre, porque no teníamos ni idea de qué sería, pero estaba bastante bueno. En realidad, todo lo que comimos en el viaje estaba bueno, para qué engañarnos. Y tras un paseo por el barrio y un sobresalto por el estampido de las campanas de una iglesia (por la noche, pero en Grecia la iglesia ortodoxa manda mucho y hace lo quiere) nos fuimos a dormir. Bastante cansados.
Hoy pensaba escribir una entrada doble para cubrir todo lo que quedaba de viaje. Pero como también ahora estoy cansado, dejaré el último día para mañana. Hasta entonces.
jueves, 12 de septiembre de 2013
12/09 Segundo día en Nafplio
Por primer día desde que llegamos a Grecia, hoy no teníamos que cambiar de localidad y hotel para dormir. Así que hemos decidido celebrarlo subiendo a la fortaleza de Palamidi. 922 escalones de subida, aunque puedes subir solo unos 600 y alcanzar el primer bastión.
- Pues para eso ya subes los otros 300 y tienes la fortaleza entera, ¿no?
¡Ese es el espíritu! Al culminar el escalón número 922 tienes la satisfacción de encontrar al señor Kostas en una cabina, con cara de aburrimiento, y dispuesto a venderte la entrada a la fortaleza. Más te vale haber llevado los 4€ que cuesta; si no, media vuelta chaval.
Haré un inciso para decir que llamamos "señor Kostas" al griego genérico. Puede ser una persona concreta, como en este caso, o imaginaria. Como el causante de la Ley de Costas griega, que nosotros llamamos Ley de Kostas porque el señor Kostas fue y dijo: pues voy a construir esta casa hasta la mismita playa, oye. La griega genérica es la señora Eleftheria. Espero que ese nombre le guste a nuestra amiga Caterina, no como Terpsíjores, que es, según ella, el nombre más feo que existe en griego. Si el avispado lector ha encontrado una relación entre este hecho y la dirección de este blog, habrá estado en lo cierto.
Después de la garita del señor Kostas lo que hay es... más escaleras. La fortaleza no es llana, precisamente. Calculamos que dentro de ella habremos subido (y bajado) otros 300 o 400 escalones. Comparado con esto, lo del otro día en Meteora fue un simple calentamiento. Por suerte, habíamos ido a primera hora de la mañana, cuando todavía no hace calor (hoy le ha arreado de lo lindo) y el sol da en el lado opuesto de la montaña.

He mencionado los bastiones de la fortaleza. Si no recuerdo mal, hay un total de ocho: uno por debajo del nivel del grupo central y los demás arriba. Actualmente llevan nombres de héroes griegos (incluido uno francés, pero que luchó por la independencia de Grecia), pero la fortaleza la construyeron los venecianos. De hecho, la ciudad se llamaba antiguamente Napoli di Romania. Luego la tomaron los turcos y, finalmente, los griegos. Da para un buen rato de visita. Y, si no tenéis ganas de chuparos casi mil escalones para llegar, podéis subir en coche. Pero os llamaré flojos.
En algunos de los bastiones, aparte de las murallas, se pueden ver otras dependencias, como algunas prisiones. Una de ellas es la llamada de Kolokotronis porque allí estuvo preso el general griego del mismo nombre durante la guerra de la independencia. Su celda no parecía muy cómoda, la verdad.
Una vez recorrida la fortaleza, no nos costó mucho decidir que no íbamos a ir a Acronafplia, otra fortaleza que está más abajo. Ya habíamos tenido bastante, así que fuimos escaleras abajo. Curiosamente, nos costó mucho menos bajar que subir. De todos modos, nos recompensamos con unos frappés en una cafetería del centro y fuimos a coger el coche para dirigirnos a nuestro segundo objetivo del día: Epidauro.
Epidauro se encuentra a unos 30 km de Nafplio. Y supongo que todos la conoceréis por su famoso teatro. Pero no está solo: junto a él están los restos del santuario de Asklepio, el dios griego de la medicina (Esculapio es la versión romana). Actualmente están restaurando varios de los edificios del recinto, pero aun así hay mucho que visitar y nos sorprendió agradablemente. Eso sí: el museo adjunto es menos interesante que los de Delfos u Olympia porque casi todas las piezas originales están en el Arqueológico de Atenas; casi todo lo que hay aquí son moldes de escayola de esas piezas.
Los antiguos griegos iban al santuario de Asklepio a curarse de sus enfermedades o acompañar a sus familiares enfermos. Aunque allí también acabaron celebrándose unos Juegos, como no, y se puede ver el estadio en el recinto arqueológico. Había un edificio, actualmente en restauración, dedicado a que los enfermos durmieran en él. En sus sueños se les aparecía el dios Asklepio y les curaba. Se pueden leer algunos testimonios, como el de una mujer que en sueños vio como un joven le levantaba el vestido para que Asklepio le tocara el vientre; después de esto consiguió quedarse embarazada de su marido, pese a que antes no habían podido tener hijos. Para mí que la historia real fue ligeramente diferente de cómo la contó la buena señora, pero quién soy yo para dudar de su palabra.
Pero volvamos al teatro, que era el motivo principal de nuestra visita. El teatro se conserva en muy buen estado y aún hoy día se usa para hacer representaciones en él. Tiene capacidad para unas 15.000 personas y es célebre por su excelente acústica. Muchos turistas se dedican a ponerse en el centro del escenario y hablar o cantar desde allí, pudiéndoseles escuchar sin dificultad incluso desde las últimas filas. Tereixa y yo estuvimos tentados de interpretar nuestro gran éxito "El mejillón", pero finalmente desistimos. Pero sí pudimos escuchar a una pareja de rusos, a quienes llamamos "Los Pimpinela rusos", cantar una canción bastante bien aprovechando la acústica.
Luego nos tomamos un té helado y decidimos que ya teníamos bastante cultura por hoy, conque nos fuimos a la playa. Cerca de Nafplio hay un pueblo llamado Toló cuya playa nos habían recomendado. Lo cierto es que no buscamos mucho: aparcamos el coche donde pusimos y, pasando entre dos edificios puestos por el señor Kostas, llegamos a la estrecha playita. Estrecha pero libre. Conque nos dimos un buen baño y tomamos el sol un poco. No os pongo ninguna foto mía porque mi moreno agromán se cargaba el fotómetro de la cámara, pero aquí podéis ver a Tereixa sufriendo en la playa.
Y ya nos volvimos a Nafplio a ducharnos, cambiarnos e ir a buscar un bar donde ver el Grecia - España de baloncesto, Podíamos verlo en el hotel, pero siempre tiene más gracia con más peña, especialmente si son del otro equipo. Nos costó un montón encontrar un bar donde estuvieran poniendo el partido, pero finalmente lo hicimos; eso sí, estábamos nosotros dos solos con los camareros. Finalmente aparecieron un par de griegos con los que nos picamos un poco; por desgracia, coincidió su llegada con el inicio de la remontada griega.
El momento tonto de la tarde se produjo cuando Tereixa y yo tuvimos esta conversación:
- Luis, ¿no te recuerda el entrenador griego a alguien?
- No sé.
- Sí, a un escritor.
- Ni idea.
- Que sí, hombre, a uno que es gilipollas.
- ¡Ah, Juan Manuel de Prada!
Sí que tiene un aire, sí.
En fin, palmamos 79-75 y ahora toca ganar todos los partidos que quedan. Nos despedimos de los griegos y nos fuimos a buscar dónde cenar. No es que hoy me haya saltado la parte de la comida, es que no teníamos mucha hambre, pese a la panzada de escaleras, y no habíamos comido. Así que teníamos hambrecilla. Y eso pese a las cervezas que nos habíamos tomado durante el partido, que hacían que Tereixa se sintiera un tanto desorientada y confusa.
Decidimos volver por las callejuelas que habíamos recorrido en busca de un bar local; bares no habíamos visto, pero sí algunos restaurantes con buena pinta. Nos decidimos por uno muy majete llamado Το παλιό αρχοντικό (La vieja mansión). No era realmente una vieja mansión y, como casi siempre, cenamos en la terraza, pero sí era un lugar muy tranquilo en una calle bastante bonita. Decidimos hacer un dispendio y esta vez nos hemos gastado 40€ en la cena (entre los dos, ojo), pero metiéndonos cada uno una pescadilla como mi antebrazo, además de los entrantes y las sempiternas Mythos tamaño griego. Que han conseguido que Tere se sintiera aún más confusa; así que nos hemos tomado un helado que teníamos pendiente en la Antica Gelateria di Roma (que no es tan espectacular como dice la Lonely Planet, pero aun así está muy bien), hemos visto como un chico intentaba sin éxito pescar algún pez de los que saltaban en las aguas del puerto y nos hemos vuelto al hotel. Tereixa lleva ya un rato durmiendo y yo me voy a hacer lo propio. Mañana partimos ya hacia Atenas, nuestra última ciudad en Grecia.

He mencionado los bastiones de la fortaleza. Si no recuerdo mal, hay un total de ocho: uno por debajo del nivel del grupo central y los demás arriba. Actualmente llevan nombres de héroes griegos (incluido uno francés, pero que luchó por la independencia de Grecia), pero la fortaleza la construyeron los venecianos. De hecho, la ciudad se llamaba antiguamente Napoli di Romania. Luego la tomaron los turcos y, finalmente, los griegos. Da para un buen rato de visita. Y, si no tenéis ganas de chuparos casi mil escalones para llegar, podéis subir en coche. Pero os llamaré flojos.
En algunos de los bastiones, aparte de las murallas, se pueden ver otras dependencias, como algunas prisiones. Una de ellas es la llamada de Kolokotronis porque allí estuvo preso el general griego del mismo nombre durante la guerra de la independencia. Su celda no parecía muy cómoda, la verdad.
Una vez recorrida la fortaleza, no nos costó mucho decidir que no íbamos a ir a Acronafplia, otra fortaleza que está más abajo. Ya habíamos tenido bastante, así que fuimos escaleras abajo. Curiosamente, nos costó mucho menos bajar que subir. De todos modos, nos recompensamos con unos frappés en una cafetería del centro y fuimos a coger el coche para dirigirnos a nuestro segundo objetivo del día: Epidauro.
Epidauro se encuentra a unos 30 km de Nafplio. Y supongo que todos la conoceréis por su famoso teatro. Pero no está solo: junto a él están los restos del santuario de Asklepio, el dios griego de la medicina (Esculapio es la versión romana). Actualmente están restaurando varios de los edificios del recinto, pero aun así hay mucho que visitar y nos sorprendió agradablemente. Eso sí: el museo adjunto es menos interesante que los de Delfos u Olympia porque casi todas las piezas originales están en el Arqueológico de Atenas; casi todo lo que hay aquí son moldes de escayola de esas piezas.
Los antiguos griegos iban al santuario de Asklepio a curarse de sus enfermedades o acompañar a sus familiares enfermos. Aunque allí también acabaron celebrándose unos Juegos, como no, y se puede ver el estadio en el recinto arqueológico. Había un edificio, actualmente en restauración, dedicado a que los enfermos durmieran en él. En sus sueños se les aparecía el dios Asklepio y les curaba. Se pueden leer algunos testimonios, como el de una mujer que en sueños vio como un joven le levantaba el vestido para que Asklepio le tocara el vientre; después de esto consiguió quedarse embarazada de su marido, pese a que antes no habían podido tener hijos. Para mí que la historia real fue ligeramente diferente de cómo la contó la buena señora, pero quién soy yo para dudar de su palabra.
Pero volvamos al teatro, que era el motivo principal de nuestra visita. El teatro se conserva en muy buen estado y aún hoy día se usa para hacer representaciones en él. Tiene capacidad para unas 15.000 personas y es célebre por su excelente acústica. Muchos turistas se dedican a ponerse en el centro del escenario y hablar o cantar desde allí, pudiéndoseles escuchar sin dificultad incluso desde las últimas filas. Tereixa y yo estuvimos tentados de interpretar nuestro gran éxito "El mejillón", pero finalmente desistimos. Pero sí pudimos escuchar a una pareja de rusos, a quienes llamamos "Los Pimpinela rusos", cantar una canción bastante bien aprovechando la acústica.
Luego nos tomamos un té helado y decidimos que ya teníamos bastante cultura por hoy, conque nos fuimos a la playa. Cerca de Nafplio hay un pueblo llamado Toló cuya playa nos habían recomendado. Lo cierto es que no buscamos mucho: aparcamos el coche donde pusimos y, pasando entre dos edificios puestos por el señor Kostas, llegamos a la estrecha playita. Estrecha pero libre. Conque nos dimos un buen baño y tomamos el sol un poco. No os pongo ninguna foto mía porque mi moreno agromán se cargaba el fotómetro de la cámara, pero aquí podéis ver a Tereixa sufriendo en la playa.
Y ya nos volvimos a Nafplio a ducharnos, cambiarnos e ir a buscar un bar donde ver el Grecia - España de baloncesto, Podíamos verlo en el hotel, pero siempre tiene más gracia con más peña, especialmente si son del otro equipo. Nos costó un montón encontrar un bar donde estuvieran poniendo el partido, pero finalmente lo hicimos; eso sí, estábamos nosotros dos solos con los camareros. Finalmente aparecieron un par de griegos con los que nos picamos un poco; por desgracia, coincidió su llegada con el inicio de la remontada griega.
El momento tonto de la tarde se produjo cuando Tereixa y yo tuvimos esta conversación:
- Luis, ¿no te recuerda el entrenador griego a alguien?
- No sé.
- Sí, a un escritor.
- Ni idea.
- Que sí, hombre, a uno que es gilipollas.
- ¡Ah, Juan Manuel de Prada!
Sí que tiene un aire, sí.
En fin, palmamos 79-75 y ahora toca ganar todos los partidos que quedan. Nos despedimos de los griegos y nos fuimos a buscar dónde cenar. No es que hoy me haya saltado la parte de la comida, es que no teníamos mucha hambre, pese a la panzada de escaleras, y no habíamos comido. Así que teníamos hambrecilla. Y eso pese a las cervezas que nos habíamos tomado durante el partido, que hacían que Tereixa se sintiera un tanto desorientada y confusa.
Decidimos volver por las callejuelas que habíamos recorrido en busca de un bar local; bares no habíamos visto, pero sí algunos restaurantes con buena pinta. Nos decidimos por uno muy majete llamado Το παλιό αρχοντικό (La vieja mansión). No era realmente una vieja mansión y, como casi siempre, cenamos en la terraza, pero sí era un lugar muy tranquilo en una calle bastante bonita. Decidimos hacer un dispendio y esta vez nos hemos gastado 40€ en la cena (entre los dos, ojo), pero metiéndonos cada uno una pescadilla como mi antebrazo, además de los entrantes y las sempiternas Mythos tamaño griego. Que han conseguido que Tere se sintiera aún más confusa; así que nos hemos tomado un helado que teníamos pendiente en la Antica Gelateria di Roma (que no es tan espectacular como dice la Lonely Planet, pero aun así está muy bien), hemos visto como un chico intentaba sin éxito pescar algún pez de los que saltaban en las aguas del puerto y nos hemos vuelto al hotel. Tereixa lleva ya un rato durmiendo y yo me voy a hacer lo propio. Mañana partimos ya hacia Atenas, nuestra última ciudad en Grecia.
miércoles, 11 de septiembre de 2013
11/09 Nafplio
Hoy era el último día con nuestra habitual rutina de madrugón - visita turística - viaje. A partir de ahora pasaremos dos noches en cada sitio. Lo que agradeceré porque, como os decía ayer, estoy un poco harto de conducir. Claro que, para culminar, el viaje de hoy era de los más largos.
Hoy me iba a despertar a la hora de siempre, las 7:15. Pero, vaya usted a saber por qué, a las siete en punto Tereixa me ha dado un empujón para que me levantara. Creo que luego ha murmurado alguna excusa de la que no me enterado porque, claro, estaba totalmente frito; de todos modos, conociendo a las mujeres, supondré que lo ha hecho por joder y listo. En cualquier caso, a las 7:01 estaba otra vez en coma y así he permanecido hasta que ha sonado el despertador. Luego el desayuno ha sido de los mejores salvo el zumo que era de polvos. Para variar, en lugar de la planta baja esta vez ha sido en una terraza de la planta superior del hotel. Pero las vistas no eran muy allá.
Luego hemos echado a andar hasta la antigua Olympia. Como ya os dije, el pueblo actual está pegado a las ruinas, así que es un paseíto corto. Hemos empezado por el museo de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad. La entrada cuesta 2€ y se pueden ver restos arqueológicos relacionados directamente con las pruebas olímpicas, además de numerosas historias para poner en contexto los objetos exhibidos. Si os gusta el deporte, al menos, es bastante interesante. En cualquier caso es un trozo importante de la historia. Los Juegos Olímpicos se celebraron ininterrumpidamente cada cuatro años durante más de mil. Los Juegos modernos tienen poco más de cien años de historia y ya han conocido tres interrupciones, además de varios boicots parciales. En la Grecia clásica, en cambio, la tregua olímpica era sagrada y todos los pueblos griegos (solo podían participar hombres griegos libres y nacidos de griegos libres) enviaban a sus representantes. Solo podían participar varones, como os digo, las mujeres no podían ser ni siquiera espectadoras, salvo una sacerdotisa; pero hubo alguna campeona olímpica. No porque se disfrazaran (difícil cuando se compite desnudo), sino porque las criadores de los caballos que ganaban los concursos ecuestres también se consideraban campeones olímpicos.
Después bajamos a la zona arqueológica, que es el recinto de la antigua Olympia. La mayor parte de él está ocupado por templos y edificios auxiliares varios rodeando el templo principal, que era el de Zeus. En Grecia se celebraban varios Juegos, pero estos eran con diferencia los principales y estaban dedicados al dios principal, Zeus. Los segundos en importancia eran los Juegos Píticos, celebrados en Delfos en honor de Apolo en el área que visitamos ayer, aunque allí eran más numerosas las competiciones culturales (poesía, música...) que las deportivas.
El edificio principal era, como os digo, el gran templo de Zeus que contenía una de las siete maravillas del mundo: la colosal estatua de Zeus Olímpico, obra de Fidias. Por desgracia, de la estatua no queda ni rastro. Tan solo alguna descripción, alguna moneda que la representa y el recuerdo. Y del templo, como del resto de la ciudad, solo quedan ruinas a causa de la acción combinada de los edictos de Teodosio II contra el paganismo y los terremotos. Para el siglo VI d.c. ya no debía estar en mucho mejor estado que en la actualidad. La estatua de Zeus Olímpico, en cambio, se llevó a Constantinopla y se le pierde el rastro en el siglo V d.c. Supongo que una estatua de casi quince metros de marfil y oro era demasiado golosa para los saqueadores.
En cuanto a los edificios relacionados directamente con el deporte, había un gimnasio, una palestra y, sobre todo, el estadio, que es lo que mejor se ha conservado. Principalmente porque no hay mucho que conservar: la mayoría de los espectadores se sentaban en las laderas que rodeaban la pista, solo había una pequeña tribuna similar a lo que hoy sería un palco presidencial. También alguna estatua, el arco de entrada y poco más. Pero es la parte más popular en la actualidad.
Tras recorrer todo al recinto, lo que lleva un buen rato, hemos ido al museo. Al igual que el día anterior en Delfos, cuesta 6€ cada una de las dos cosas, pero hay una entrada combinada por 9€. Y también se complementan a la perfección. En el museo veíamos multitud de piezas recogidas en el recinto arqueológico y todas las estatuas que en la actualidad ya no se mantienen allí. En vista de las ansias que mucha gente tiene por tocar todo en las ruinas, no me extraña.
El museo contiene muchas obras valiosas en bastante buen estado de conservación, como podéis ver. Si os gusta el arte griego, no deberíais perdéroslo.
Al acabar de ver el museo, de todos modos, estábamos bastante cansados porque llevábamos unas cuatro horas de pie. Así que descansamos un poco en la cafetería tomando un café frappé y volvimos al coche que habíamos dejado aparcado junto al hotel. El final de nuestra visita estaba aún más cerca que el inicio, no creo que tuvieramos que caminar ni 500 metros. Y ya pusimos rumbo hacia nuestra siguiente parada, Nafplio.
Pusimos rumbo de aquellas maneras, porque hay que dar bastante vuelta. Eso sí: en la boda un amigo de los novios nos había dicho que en el Peloponeso había bastantes peajes sin autopista, de esos que tanto odiábamos; pero ya no es así porque la autopista está construida. Y, claro, es nueva. Si a eso añadimos que había muy poca circulación, fue un viaje de lo más tranquilo y sencillo. Eso sí, alguien decidió hacer una nueva demostración de los absurdos límites de velocidad griegos. Por poneros un ejemplo: a la vuelta de Meteora íbamos por un tramo de autovía nuevo, recién asfaltado, sin curvas noticiables. Velocidad máxima: 70 km/h. De repente se acababa el asfalto nuevo y quedaba la misma autovía, pero más estrecha y llena de baches. Velocidad máxima: 110 km/h. La autopista del Peloponeso tiene limitada la velocidad a 100 km/h durante casi todo su trazado, pero no hacía caso a ese límite ni yo, que no me los salto casi nunca. Y el peaje tampoco es muy caro, por cierto.
Aunque antes de coger la autopista tuvimos que conducir durante un buen rato hasta Kalamata, una de las mayores ciudades del Peloponeso, aunque sin ningún atractivo turístico. Pero hemos seguido nuestra costumbre de parar a comer en lugares poco turísticos. Esto nos sirve, entre otras cosas, para conocer un poco mejor el país, además de obligarnos a buscarnos la vida con menús en griego y atendidos por personal que no conoce otro idioma. Claro que tiene la ventaja de que nos atiborran por muy poco dinero, como hoy ha sido el caso, para variar. Esta vez hemos comido los dos por 10€ y no podíamos más al salir.
Finalmente hemos llegado a Nafplio. ¿Que no os suena de nada? Antes de este viaje, a nosotros tampoco, para qué vamos a engañarnos. Pero Alexis nos recomendó un par de días aquí para visitar toda esta zona del Peloponeso y le hicimos caso. Hasta ahora no nos hemos arrepentido una sola vez de hacerle caso y esta no va a ser la excepción. Nafplio es una población costera con un centro peatonal muy bonito. Es bastante turística, eso sí, aunque esto también tiene sus ventajas. Y, si hasta ahora todos los hoteles han estado muy bien situados, este es el mejor. Al lado del mar y con unas vistas a una fortaleza marina (Nafplio tiene cuatro fortalezas, nada menos) perfectas. Ahora mismo os escribo desde la terraza y lo que estoy viendo es lo que sale en esta foto, aunque de noche. Con la fortaleza iluminada, por cierto.
¿Había mencionado ya que estamos teniendo un tiempo perfecto? Bueno, por el día pasamos un poco de calor, pero las noches dan gusto para dormir con la ventana o la terraza abierta.
Antes hemos cenado en un restaurante del centro, al precio turístico (26€ entre los dos), pero mejor que en Delfos u Olympia. En estos restaurantes turísticos suelen tener más variedad que en los populares de las comidas, así que lo hemos aprovechado. Y por la noche podemos beber cerveza, cosa que no hacemos a mediodía porque tengo que conducir luego y Tereixa se solidariza conmigo (gracias, Tereixiña). Casi siempre la omnipresente cerveza Mythos, que es bastante buena. Y en el tamaño estándar de medio litro, cómo no. Aunque un rato antes he pasado el peor momento del día. Paseando por el centro he notado algo que me molestaba en la parte trasera del cuello. He echado la mano para quitar lo que fuera y he sentido un fuerte pinchazo en el dedo. Al parecer, era una avispa que me ha picado. Aparte de que me doliera bastante, lo peor era pensar que se me iba a hinchar y podría tener problemas para conducir o para escribir. Como podréis deducir por el rollo que os estoy soltando, el dedo no se me ha hinchado, aunque sigue molestándome un poco. En fin, cosas que pasan.
Voy a aprovechar para meteros un poquito más de vocabulario griego:
Buen viaje - kalódromo (es lo que te dicen en los peajes después de pagar)
Hola - Yases (el saludo más habitual, también puedes usarlo para despedirte)
Cerveza - Byra (mira que olvidarme el otro día...)
La cuenta, por favor - To logariazmo, parakaló (de ahí viene logaritmo, claro)
Y ya os dejo porque es tarde y mañana me levanto a la hora de siempre. Aunque no tendremos traslado, es posible que practiquemos un deporte de riesgo: ver el España - Grecia de baloncesto en un bar griego. Si no nos notamos muy osados, lo veremos en la habitación del hotel y listo.
Hoy me iba a despertar a la hora de siempre, las 7:15. Pero, vaya usted a saber por qué, a las siete en punto Tereixa me ha dado un empujón para que me levantara. Creo que luego ha murmurado alguna excusa de la que no me enterado porque, claro, estaba totalmente frito; de todos modos, conociendo a las mujeres, supondré que lo ha hecho por joder y listo. En cualquier caso, a las 7:01 estaba otra vez en coma y así he permanecido hasta que ha sonado el despertador. Luego el desayuno ha sido de los mejores salvo el zumo que era de polvos. Para variar, en lugar de la planta baja esta vez ha sido en una terraza de la planta superior del hotel. Pero las vistas no eran muy allá.
Luego hemos echado a andar hasta la antigua Olympia. Como ya os dije, el pueblo actual está pegado a las ruinas, así que es un paseíto corto. Hemos empezado por el museo de los Juegos Olímpicos de la Antigüedad. La entrada cuesta 2€ y se pueden ver restos arqueológicos relacionados directamente con las pruebas olímpicas, además de numerosas historias para poner en contexto los objetos exhibidos. Si os gusta el deporte, al menos, es bastante interesante. En cualquier caso es un trozo importante de la historia. Los Juegos Olímpicos se celebraron ininterrumpidamente cada cuatro años durante más de mil. Los Juegos modernos tienen poco más de cien años de historia y ya han conocido tres interrupciones, además de varios boicots parciales. En la Grecia clásica, en cambio, la tregua olímpica era sagrada y todos los pueblos griegos (solo podían participar hombres griegos libres y nacidos de griegos libres) enviaban a sus representantes. Solo podían participar varones, como os digo, las mujeres no podían ser ni siquiera espectadoras, salvo una sacerdotisa; pero hubo alguna campeona olímpica. No porque se disfrazaran (difícil cuando se compite desnudo), sino porque las criadores de los caballos que ganaban los concursos ecuestres también se consideraban campeones olímpicos.
Después bajamos a la zona arqueológica, que es el recinto de la antigua Olympia. La mayor parte de él está ocupado por templos y edificios auxiliares varios rodeando el templo principal, que era el de Zeus. En Grecia se celebraban varios Juegos, pero estos eran con diferencia los principales y estaban dedicados al dios principal, Zeus. Los segundos en importancia eran los Juegos Píticos, celebrados en Delfos en honor de Apolo en el área que visitamos ayer, aunque allí eran más numerosas las competiciones culturales (poesía, música...) que las deportivas.
El edificio principal era, como os digo, el gran templo de Zeus que contenía una de las siete maravillas del mundo: la colosal estatua de Zeus Olímpico, obra de Fidias. Por desgracia, de la estatua no queda ni rastro. Tan solo alguna descripción, alguna moneda que la representa y el recuerdo. Y del templo, como del resto de la ciudad, solo quedan ruinas a causa de la acción combinada de los edictos de Teodosio II contra el paganismo y los terremotos. Para el siglo VI d.c. ya no debía estar en mucho mejor estado que en la actualidad. La estatua de Zeus Olímpico, en cambio, se llevó a Constantinopla y se le pierde el rastro en el siglo V d.c. Supongo que una estatua de casi quince metros de marfil y oro era demasiado golosa para los saqueadores.
En cuanto a los edificios relacionados directamente con el deporte, había un gimnasio, una palestra y, sobre todo, el estadio, que es lo que mejor se ha conservado. Principalmente porque no hay mucho que conservar: la mayoría de los espectadores se sentaban en las laderas que rodeaban la pista, solo había una pequeña tribuna similar a lo que hoy sería un palco presidencial. También alguna estatua, el arco de entrada y poco más. Pero es la parte más popular en la actualidad.
Tras recorrer todo al recinto, lo que lleva un buen rato, hemos ido al museo. Al igual que el día anterior en Delfos, cuesta 6€ cada una de las dos cosas, pero hay una entrada combinada por 9€. Y también se complementan a la perfección. En el museo veíamos multitud de piezas recogidas en el recinto arqueológico y todas las estatuas que en la actualidad ya no se mantienen allí. En vista de las ansias que mucha gente tiene por tocar todo en las ruinas, no me extraña.
El museo contiene muchas obras valiosas en bastante buen estado de conservación, como podéis ver. Si os gusta el arte griego, no deberíais perdéroslo.
Al acabar de ver el museo, de todos modos, estábamos bastante cansados porque llevábamos unas cuatro horas de pie. Así que descansamos un poco en la cafetería tomando un café frappé y volvimos al coche que habíamos dejado aparcado junto al hotel. El final de nuestra visita estaba aún más cerca que el inicio, no creo que tuvieramos que caminar ni 500 metros. Y ya pusimos rumbo hacia nuestra siguiente parada, Nafplio.
Pusimos rumbo de aquellas maneras, porque hay que dar bastante vuelta. Eso sí: en la boda un amigo de los novios nos había dicho que en el Peloponeso había bastantes peajes sin autopista, de esos que tanto odiábamos; pero ya no es así porque la autopista está construida. Y, claro, es nueva. Si a eso añadimos que había muy poca circulación, fue un viaje de lo más tranquilo y sencillo. Eso sí, alguien decidió hacer una nueva demostración de los absurdos límites de velocidad griegos. Por poneros un ejemplo: a la vuelta de Meteora íbamos por un tramo de autovía nuevo, recién asfaltado, sin curvas noticiables. Velocidad máxima: 70 km/h. De repente se acababa el asfalto nuevo y quedaba la misma autovía, pero más estrecha y llena de baches. Velocidad máxima: 110 km/h. La autopista del Peloponeso tiene limitada la velocidad a 100 km/h durante casi todo su trazado, pero no hacía caso a ese límite ni yo, que no me los salto casi nunca. Y el peaje tampoco es muy caro, por cierto.
Aunque antes de coger la autopista tuvimos que conducir durante un buen rato hasta Kalamata, una de las mayores ciudades del Peloponeso, aunque sin ningún atractivo turístico. Pero hemos seguido nuestra costumbre de parar a comer en lugares poco turísticos. Esto nos sirve, entre otras cosas, para conocer un poco mejor el país, además de obligarnos a buscarnos la vida con menús en griego y atendidos por personal que no conoce otro idioma. Claro que tiene la ventaja de que nos atiborran por muy poco dinero, como hoy ha sido el caso, para variar. Esta vez hemos comido los dos por 10€ y no podíamos más al salir.
¿Había mencionado ya que estamos teniendo un tiempo perfecto? Bueno, por el día pasamos un poco de calor, pero las noches dan gusto para dormir con la ventana o la terraza abierta.
Antes hemos cenado en un restaurante del centro, al precio turístico (26€ entre los dos), pero mejor que en Delfos u Olympia. En estos restaurantes turísticos suelen tener más variedad que en los populares de las comidas, así que lo hemos aprovechado. Y por la noche podemos beber cerveza, cosa que no hacemos a mediodía porque tengo que conducir luego y Tereixa se solidariza conmigo (gracias, Tereixiña). Casi siempre la omnipresente cerveza Mythos, que es bastante buena. Y en el tamaño estándar de medio litro, cómo no. Aunque un rato antes he pasado el peor momento del día. Paseando por el centro he notado algo que me molestaba en la parte trasera del cuello. He echado la mano para quitar lo que fuera y he sentido un fuerte pinchazo en el dedo. Al parecer, era una avispa que me ha picado. Aparte de que me doliera bastante, lo peor era pensar que se me iba a hinchar y podría tener problemas para conducir o para escribir. Como podréis deducir por el rollo que os estoy soltando, el dedo no se me ha hinchado, aunque sigue molestándome un poco. En fin, cosas que pasan.
Voy a aprovechar para meteros un poquito más de vocabulario griego:
Buen viaje - kalódromo (es lo que te dicen en los peajes después de pagar)
Hola - Yases (el saludo más habitual, también puedes usarlo para despedirte)
Cerveza - Byra (mira que olvidarme el otro día...)
La cuenta, por favor - To logariazmo, parakaló (de ahí viene logaritmo, claro)
Y ya os dejo porque es tarde y mañana me levanto a la hora de siempre. Aunque no tendremos traslado, es posible que practiquemos un deporte de riesgo: ver el España - Grecia de baloncesto en un bar griego. Si no nos notamos muy osados, lo veremos en la habitación del hotel y listo.
martes, 10 de septiembre de 2013
10/09 Olympia
Antes de empezar, diré que Tereixa se ha quejado de que la entrada anterior ha quedado demasiado sosa y creo que tiene razón. Intentaré esmerarme un poco más con esta.
Una vez más, el despertador a las 7:15 para estar desayunando a las 8:00. Cuando vuelva al trabajo no me explicaré cómo he podido pasar las vacaciones madrugando en lugar de dormir hasta mediodía, que es lo que a mí me gusta.
El principal recinto arqueológico de Delfos y su museo abren a las nueve y, una vez más, allí estábamos como clavos a esa hora. La entrada al recinto arqueológico cuesta 6€ y la del museo, otro tanto, pero se pueden sacar las dos juntas por 9€. Desde luego, es lo más recomendable, porque uno complementa al otro.
Aunque antes de llegar a la taquilla lo primero que vimos fueron los gatos de Delfos. No sé por qué, pero en todas las ruinas hay gatos. En este caso, todos de la misma familia, al parecer, porque todos se parecían mucho. El que vino a saludarnos fue el benjamín, al que no calculo más de quince días de edad. Luego sabíamos por dónde andaba gracias a las exclamaciones de los demás visitantes de las ruinas cuando se lo encontraban.
Una vez con las entradas, decidimos empezar por el recinto arqueológico, aprovechando que todavía no hacía mucho calor. De todos modos, es la elección correcta: así, cuando ves las piezas en el museo recuerdas en qué lugar del recinto estaban.
Esta vez volvimos a tener muchos grupos guiados, pero lo cierto es que apenas nos estorbaron y espero que tampoco nosotros a ellos. El área que ocupa todo el recinto antiguamente dedicado a Apolo es bastante grande. Aquí sí es donde se encontraba el Oráculo al que venían a consultar desde toda Grecia. Solo funcionaba un día al mes y se formaban grandes colas; si no daba tiempo a atender tu consulta, tenías que quedarte un mes más en Delfos hasta la siguiente ocasión. Ríete tú de las quinceañeras haciendo cola para ver a Justin Bieber, oye.
La consulta en sí consistía en que preguntabas lo que fuera a los sacerdotes y estos llevaban tu petición a la pitonisa (llamada así porque el recinto estaba situado donde se suponía que Apolo había derrotado a la serpiente Pitón). La pitonisa estaba drogadísima porque estaba situada junto a una grieta de la tierra de la que emanaban vapores ponzoñosos, así que emitía unos gruñidos y sonidos inconexos que los sacerdotes interpretaban, llevando esta interpretación al peticionario. El problema fue que la pitonisa solía ser una mujer joven, así que se dieron varios casos en que esta se fugaba con alguno de sus visitantes. Para evitarlo, se decidió que la posición de pitonisa solo se otorgara a mujeres mayores de cincuenta años. Y, en aquella época, nadie tenía mucho interés en fugarse con una cincuentona. Problema arreglado.
Además del Oráculo, en el recinto sagrado había varios templos erigidos por ciudades griegas como ofrenda al dios Apolo. También estaba allí la Sibila, que emitía sus propias profecías independientes del Oráculo. Y el Omphalos u ombligo del mundo, un gran huevo de piedra labrado que se encontraba en varios lugares del recinto, pues los griegos situaban el centro del mundo en Delfos. Y, dada la gran cantidad de gente que acudía a Delfos, había algunas instalaciones para dar espectáculos, como un teatro y un estadio. Todo ello se conserva en bastante buen estado, pero tened en cuenta que, en cualquier caso, son ruinas.
Después de patear todo (y subir, una vez más, un montón de escaleras) nos fuimos al museo. Casi todos los objetos y estatuas hallados en Delfos se conservan allí, no en la zona arqueológica. Está la esfinge de piedra que coronaba una columna situada tras la Sibila. Hay un omphalos labrado, no liso como el que puede verse en el recinto. Un montón de estatuas humanoides de piedra a tamaño natural o superior y la que tal vez sea la estrella del museo, el famoso Auriga de Delfos, la primera estatua griega de bronce de tamaño natural que se encontró. Se llama así porque solo se conserva la figura del propio auriga, si bien se considera que, originalmente, la estatua incluía la cuadriga con sus cuatro caballos y algunas figuras auxiliares. El auriga se ha conservado hasta nuestros días gracias a que lo sepultó un terremoto; si no, lo habrían saqueado igual que casi todas las demás piezas de metal, con el noble propósito de... pues eso, de conseguir metal. A ver si creéis que eso de robar cable de cobre es algo nuevo. Antes trincaban estatuas enteras y las fundían.
Y ya había llegado al hora de marcharnos. El viaje de hoy era bastante largo, hasta Olympia, pero decidimos parar a comer y visitar un poco Náfpaktos, también conocida en España como Naupaktos (aunque la u entre vocal y consonante se pronuncia f y suele transcribirse así) o, sobre todo, Lepanto. En efecto, en el pequeño golfo situado frente a su costa se libró la famosa batalla naval de Lepanto en la que España y sus aliados (Venecia, Génova y otros países mediterráneos occidentales) infligieron una dura derrota a la flota turca, que tardó mucho tiempo en rehacerse. Resultaba curioso ver allí varios autobuses de una agencia de viajes llamada Trafalgar, pues en esa batalla fuimos nosotros quienes llevamos para el pelo.
Comimos en una mesa pegadita a la playa, con muy buena vista al golfo y el puente de Patra que cruzaríamos más tarde. Un montón de sardinas asadas con alguna otra cosilla, por el precio habitual, aunque esta vez no tuvimos fruta al final. Y luego, en lugar de café frappé, nos decantamos por unos helados. Grandes y baratos, además de buenos, como debe ser. Con nuestros helados fuimos hasta la fortaleza portuaria, junto a la que hay una estatua de Cervantes, y luego subimos hasta el castillo que hay en el monte situado tras la ciudad. Bueno, hasta arriba del todo no subimos, que ya estábamos hartitos de tanta escalera, pero sí a una buena altura que nos permitía tener unas vistas excelentes de Náfpaktos, el golfo de Corinto y detrás, el Peloponeso.
Después de todo ese paseo seguimos camino. Primero hasta el cercano puente de Patra, que une la Grecia continental con el Peloponeso. El Peloponeso era una península hasta que se construyó el canal de Corinto, justo en el otro extremo del golfo; ahora es técnicamente una isla. Pero se puede cruzar hasta allí, como digo, usando el puente. De peaje, y nada menos que 13,20€, pero no íbamos a dar la vuelta por Corinto, que está en el quinto pino. Además, durante los kilómetros siguientes al puente hay autopista con un montón de túneles y, curiosamente, ya no nos cobraron más peajes. Esto ya no es lo que era.
Aún teníamos un buen trozo hasta Olympia, que está en el sur del Peloponeso, así que Tereixa propuso parar por el camino en una playa que le había recomendado Alexis, el de Grecotour. Gran recomendación, oye. Una playa enorme en medio de la nada, de arena (como debe ser) y con bastante poca gente. Creo que no teníamos a nadie en cien metros a la redonda. Allí nos dimos un buen bañito y salimos ya de otra manera, como señores.
Y finalmente llegamos a Olympia. El pueblo actual, situado a solo unos metros de la antigua Olympia, no tiene mucho interés aparte de las tiendas, bares y restaurantes, así que nos dimos una buena ducha, descansamos un rato y nos fuimos a cenar. Un poco más caro que en días anteriores, porque esto es aún más turístico que los otros sitios, pero bastante bien y tratados con la habitual amabilidad. También por parte del personal del hotel, como nos ha pasado siempre hasta ahora. Luego un cafecito junto a la piscina del hotel y a la cama, aunque también he aprovechado para, como veis, ponerme al día con la plasto-serie. Ahora me voy a la cama, que mañana es el último día de madrugón - visita - viaje. Luego pasaremos dos noches en Nafplos, lo cual me permitirá cansarme un poco menos, que yo no estoy acostumbrado a conducir tanto. Buenas noches.
Una vez más, el despertador a las 7:15 para estar desayunando a las 8:00. Cuando vuelva al trabajo no me explicaré cómo he podido pasar las vacaciones madrugando en lugar de dormir hasta mediodía, que es lo que a mí me gusta.
El principal recinto arqueológico de Delfos y su museo abren a las nueve y, una vez más, allí estábamos como clavos a esa hora. La entrada al recinto arqueológico cuesta 6€ y la del museo, otro tanto, pero se pueden sacar las dos juntas por 9€. Desde luego, es lo más recomendable, porque uno complementa al otro.
Aunque antes de llegar a la taquilla lo primero que vimos fueron los gatos de Delfos. No sé por qué, pero en todas las ruinas hay gatos. En este caso, todos de la misma familia, al parecer, porque todos se parecían mucho. El que vino a saludarnos fue el benjamín, al que no calculo más de quince días de edad. Luego sabíamos por dónde andaba gracias a las exclamaciones de los demás visitantes de las ruinas cuando se lo encontraban.
Una vez con las entradas, decidimos empezar por el recinto arqueológico, aprovechando que todavía no hacía mucho calor. De todos modos, es la elección correcta: así, cuando ves las piezas en el museo recuerdas en qué lugar del recinto estaban.
Esta vez volvimos a tener muchos grupos guiados, pero lo cierto es que apenas nos estorbaron y espero que tampoco nosotros a ellos. El área que ocupa todo el recinto antiguamente dedicado a Apolo es bastante grande. Aquí sí es donde se encontraba el Oráculo al que venían a consultar desde toda Grecia. Solo funcionaba un día al mes y se formaban grandes colas; si no daba tiempo a atender tu consulta, tenías que quedarte un mes más en Delfos hasta la siguiente ocasión. Ríete tú de las quinceañeras haciendo cola para ver a Justin Bieber, oye.
La consulta en sí consistía en que preguntabas lo que fuera a los sacerdotes y estos llevaban tu petición a la pitonisa (llamada así porque el recinto estaba situado donde se suponía que Apolo había derrotado a la serpiente Pitón). La pitonisa estaba drogadísima porque estaba situada junto a una grieta de la tierra de la que emanaban vapores ponzoñosos, así que emitía unos gruñidos y sonidos inconexos que los sacerdotes interpretaban, llevando esta interpretación al peticionario. El problema fue que la pitonisa solía ser una mujer joven, así que se dieron varios casos en que esta se fugaba con alguno de sus visitantes. Para evitarlo, se decidió que la posición de pitonisa solo se otorgara a mujeres mayores de cincuenta años. Y, en aquella época, nadie tenía mucho interés en fugarse con una cincuentona. Problema arreglado.
Además del Oráculo, en el recinto sagrado había varios templos erigidos por ciudades griegas como ofrenda al dios Apolo. También estaba allí la Sibila, que emitía sus propias profecías independientes del Oráculo. Y el Omphalos u ombligo del mundo, un gran huevo de piedra labrado que se encontraba en varios lugares del recinto, pues los griegos situaban el centro del mundo en Delfos. Y, dada la gran cantidad de gente que acudía a Delfos, había algunas instalaciones para dar espectáculos, como un teatro y un estadio. Todo ello se conserva en bastante buen estado, pero tened en cuenta que, en cualquier caso, son ruinas.
Después de patear todo (y subir, una vez más, un montón de escaleras) nos fuimos al museo. Casi todos los objetos y estatuas hallados en Delfos se conservan allí, no en la zona arqueológica. Está la esfinge de piedra que coronaba una columna situada tras la Sibila. Hay un omphalos labrado, no liso como el que puede verse en el recinto. Un montón de estatuas humanoides de piedra a tamaño natural o superior y la que tal vez sea la estrella del museo, el famoso Auriga de Delfos, la primera estatua griega de bronce de tamaño natural que se encontró. Se llama así porque solo se conserva la figura del propio auriga, si bien se considera que, originalmente, la estatua incluía la cuadriga con sus cuatro caballos y algunas figuras auxiliares. El auriga se ha conservado hasta nuestros días gracias a que lo sepultó un terremoto; si no, lo habrían saqueado igual que casi todas las demás piezas de metal, con el noble propósito de... pues eso, de conseguir metal. A ver si creéis que eso de robar cable de cobre es algo nuevo. Antes trincaban estatuas enteras y las fundían.
Y ya había llegado al hora de marcharnos. El viaje de hoy era bastante largo, hasta Olympia, pero decidimos parar a comer y visitar un poco Náfpaktos, también conocida en España como Naupaktos (aunque la u entre vocal y consonante se pronuncia f y suele transcribirse así) o, sobre todo, Lepanto. En efecto, en el pequeño golfo situado frente a su costa se libró la famosa batalla naval de Lepanto en la que España y sus aliados (Venecia, Génova y otros países mediterráneos occidentales) infligieron una dura derrota a la flota turca, que tardó mucho tiempo en rehacerse. Resultaba curioso ver allí varios autobuses de una agencia de viajes llamada Trafalgar, pues en esa batalla fuimos nosotros quienes llevamos para el pelo.
Comimos en una mesa pegadita a la playa, con muy buena vista al golfo y el puente de Patra que cruzaríamos más tarde. Un montón de sardinas asadas con alguna otra cosilla, por el precio habitual, aunque esta vez no tuvimos fruta al final. Y luego, en lugar de café frappé, nos decantamos por unos helados. Grandes y baratos, además de buenos, como debe ser. Con nuestros helados fuimos hasta la fortaleza portuaria, junto a la que hay una estatua de Cervantes, y luego subimos hasta el castillo que hay en el monte situado tras la ciudad. Bueno, hasta arriba del todo no subimos, que ya estábamos hartitos de tanta escalera, pero sí a una buena altura que nos permitía tener unas vistas excelentes de Náfpaktos, el golfo de Corinto y detrás, el Peloponeso.
Después de todo ese paseo seguimos camino. Primero hasta el cercano puente de Patra, que une la Grecia continental con el Peloponeso. El Peloponeso era una península hasta que se construyó el canal de Corinto, justo en el otro extremo del golfo; ahora es técnicamente una isla. Pero se puede cruzar hasta allí, como digo, usando el puente. De peaje, y nada menos que 13,20€, pero no íbamos a dar la vuelta por Corinto, que está en el quinto pino. Además, durante los kilómetros siguientes al puente hay autopista con un montón de túneles y, curiosamente, ya no nos cobraron más peajes. Esto ya no es lo que era.
Aún teníamos un buen trozo hasta Olympia, que está en el sur del Peloponeso, así que Tereixa propuso parar por el camino en una playa que le había recomendado Alexis, el de Grecotour. Gran recomendación, oye. Una playa enorme en medio de la nada, de arena (como debe ser) y con bastante poca gente. Creo que no teníamos a nadie en cien metros a la redonda. Allí nos dimos un buen bañito y salimos ya de otra manera, como señores.
Y finalmente llegamos a Olympia. El pueblo actual, situado a solo unos metros de la antigua Olympia, no tiene mucho interés aparte de las tiendas, bares y restaurantes, así que nos dimos una buena ducha, descansamos un rato y nos fuimos a cenar. Un poco más caro que en días anteriores, porque esto es aún más turístico que los otros sitios, pero bastante bien y tratados con la habitual amabilidad. También por parte del personal del hotel, como nos ha pasado siempre hasta ahora. Luego un cafecito junto a la piscina del hotel y a la cama, aunque también he aprovechado para, como veis, ponerme al día con la plasto-serie. Ahora me voy a la cama, que mañana es el último día de madrugón - visita - viaje. Luego pasaremos dos noches en Nafplos, lo cual me permitirá cansarme un poco menos, que yo no estoy acostumbrado a conducir tanto. Buenas noches.
09/09 Delfos
Hoy se celebraba el día del patrón de mi pueblo, San Macario, que fue un monje griego. Y, ya que no podía estar celebrándolo en Andorra, al menos iba a pasar la mañana viendo monjes griegos en Meteora.
Una vez más madrugamos, desayunamos (bastante bien, una vez más, y en una terracita que daba a los riscos de Meteora) y salimos con intención de llegar al primer monasterio a las nueve, su hora de apertura. Prueba conseguida. Gracias a nuestra puntualidad pudimos aparcar el coche bastante cerca de la puerta de Megalo Meteoro (Gran Meteoro, el monasterio más grande e importante de Meteora) y no teníamos todavía mucha gente haciendo visitas. Aunque durante toda la mañana tuvimos varios grupos guiados que esquivamos como pudimos.
De todos modos, eso de aparcar cerca de la puerta es relativo. Desde la carretera había que bajar unos cien escalones y luego subir casi doscientos para entrar en el monasterio (a la salida, al revés). Nos inflamos de subir escaleras durante toda la mañana. Se nos tuvo que quedar un culo como una piedra, aunque Tereixa ya lo llevaba así de serie. Cosa que no gustaba mucho en los monasterios: las mujeres no pueden entrar con tirantes, pantalones ni faldas cortas, aunque les dejan una especie de pareos en la puerta para tapar sus vergüenzas.
La zona visitable de Megalo Meteoro (sigue habiendo monjes en los monasterios, así que no se visitan las zonas que utilizan habitualmente) está organizada en buena parte como un museo. Está muy centrado en la relación entre la iglesia ortodoxa y el estado griego, a los que consideran casi como un todo. Esto lo apoyan con muchas historias de monjes que lucharon contra los diversos invasores del país, sobre todo los turcos. Como podéis ver, dan una visión muy parcial y glorificada de toda la historia. De todos modos, el edificio en sí es bastante interesante, sobre todo el katholikon (o iglesia central, tan recargada como todas las ortodoxas) y otras estancias que usaban los monjes.
Nuestro siguiente monasterio fue el de Varlaam. Es más pequeño que Megalo Meteoro, así que nos costó menos tiempo visitarlo, aunque el precio de la entrada era el mismo (cada monasterio cuesta 3€) y tuvimos que subir casi los mismos escalones para entrar. Ah, los monasterios tienen sus zonas abiertas, así que también se puede disfrutar de unas vistas fantásticas de los alrededores desde ellos.
Decidimos que con otro monasterio más ya nos bastaba y nos decidimos por San Nicolás Anapafsas, que está en la parte baja de las montañas en lugar de las cumbres rocosas. Aunque creo que nos hicieron subir aún más escaleras. Allí pudimos comprobar la vista desde el lugar donde los monjes subían a las cestas que usaban para subir o bajar del monasterio en las raras ocasiones en que necesitaban hacerlo. Acojonaba mucho, y eso que era, como os digo, el monasterio situado más abajo de todos. Tereixa también pudo homenajear a sus antepasados campaneros con el carrillón del monasterio.
Hacia mediodía salimos de San Nicolás Anapafsas, ya culturizados convenientemente, y pusimos rumbo a nuestra siguiente meta, Delfos. Por el camino nos paramos a comer en Lamía, una localidad poco turística pero que también tenía un centro muy agradable, con muchos cafés y terrazas. Acabamos en un pequeño restaurante local que nos gustó y, aunque el camarero no hablaba más que griego y el menú tampoco estaba en otro idioma, nuestros conocimientos del lenguaje ya nos alcanzaron para comer justo lo que queríamos. Entre otras cosas, la mejor ensalada griega del viaje. Mira que yo no soy mucho de ensaladas, pero me pareció riquísima. Claro que aún no hemos probado un tomate que no esté bueno en este país. Y de las sardinitas asadas que nos sacó tampoco tenemos ninguna queja. A todo esto, que el camarero solo hablara griego no le impidió ser tan encantador como todos y cobrarnos igual de poco. Aún no habíamos hecho una comida que nos saliera a más de 10€ por cabeza. Eso sí, luego nos fuimos a una terraza a tomarnos un café frappé (los griegos son muy aficionados y lo hacen fabuloso) que nos costó unos 2,50€ cada uno. Comparado con otras cosas, el café griego no es tan barato, pero vale la pena.
Finalmente llegamos a Delfos, que hoy día es una localidad pequeña que vive, naturalmente, del turismo. Está situada en una montaña junto a las ruinas de los templos. Como aún era pronto, fuimos a ver el de Atenea Pronaia, que es el más lejano y antiguo. El nombre Pronaia, al parecer, hace referencia a que se erigió antes que el de Apolo, que es el más grande y conocido. De todos modos, al de Atenea Pronaia se puede entrar gratis y tiene una de las imágenes más características de Delfos y que muchos confunden con el Oráculo: las tres columnas reconstruídas del Tholos, casi lo único que está en pie actualmente del conjunto.
También intentamos ver el antiguo gimnasio, pero está cerrado por obras. Solo se puede atisbar un poco desde la carretera. Así que nos fuimos hacia nuestro hotel, el Parnassos, y nos llevamos la agradable sorpresa de que nos habían reservado una enorme suite para cuatro personas. Esa noche íbamos a dormir como reyes.
Claro que antes fuimos a cenar a un restaurante cercano al hotel llamado Epicoureos. Era un poco más lujoso que los demás sitios donde habíamos comido y bastante turístico, así que ya esperábamos que esta vez saltaríamos la barrera de los 10€ por cabeza (llegamos a 13€, no creáis que nos arruinamos). La comida no estaba mal, sobre todo la mousaka; el problema fue que nos tomaron mal uno de los platos y, al intentar arreglarlo, les dimos el nombre de otro que se llamaba parecido al que queríamos, pero no tenía nada que ver. En fin, tampoco es que cenáramos mal y las vistas al Golfo de Corinto son tan espectaculares como nos habían prometido en el hotel, aunque por la noche no se apreciaban mucho. Y ya a dormir, que al día siguiente seguiríamos con nuestro ritmo de madrugón, visita y viaje.
Una vez más madrugamos, desayunamos (bastante bien, una vez más, y en una terracita que daba a los riscos de Meteora) y salimos con intención de llegar al primer monasterio a las nueve, su hora de apertura. Prueba conseguida. Gracias a nuestra puntualidad pudimos aparcar el coche bastante cerca de la puerta de Megalo Meteoro (Gran Meteoro, el monasterio más grande e importante de Meteora) y no teníamos todavía mucha gente haciendo visitas. Aunque durante toda la mañana tuvimos varios grupos guiados que esquivamos como pudimos.
De todos modos, eso de aparcar cerca de la puerta es relativo. Desde la carretera había que bajar unos cien escalones y luego subir casi doscientos para entrar en el monasterio (a la salida, al revés). Nos inflamos de subir escaleras durante toda la mañana. Se nos tuvo que quedar un culo como una piedra, aunque Tereixa ya lo llevaba así de serie. Cosa que no gustaba mucho en los monasterios: las mujeres no pueden entrar con tirantes, pantalones ni faldas cortas, aunque les dejan una especie de pareos en la puerta para tapar sus vergüenzas.
La zona visitable de Megalo Meteoro (sigue habiendo monjes en los monasterios, así que no se visitan las zonas que utilizan habitualmente) está organizada en buena parte como un museo. Está muy centrado en la relación entre la iglesia ortodoxa y el estado griego, a los que consideran casi como un todo. Esto lo apoyan con muchas historias de monjes que lucharon contra los diversos invasores del país, sobre todo los turcos. Como podéis ver, dan una visión muy parcial y glorificada de toda la historia. De todos modos, el edificio en sí es bastante interesante, sobre todo el katholikon (o iglesia central, tan recargada como todas las ortodoxas) y otras estancias que usaban los monjes.
Nuestro siguiente monasterio fue el de Varlaam. Es más pequeño que Megalo Meteoro, así que nos costó menos tiempo visitarlo, aunque el precio de la entrada era el mismo (cada monasterio cuesta 3€) y tuvimos que subir casi los mismos escalones para entrar. Ah, los monasterios tienen sus zonas abiertas, así que también se puede disfrutar de unas vistas fantásticas de los alrededores desde ellos.
Decidimos que con otro monasterio más ya nos bastaba y nos decidimos por San Nicolás Anapafsas, que está en la parte baja de las montañas en lugar de las cumbres rocosas. Aunque creo que nos hicieron subir aún más escaleras. Allí pudimos comprobar la vista desde el lugar donde los monjes subían a las cestas que usaban para subir o bajar del monasterio en las raras ocasiones en que necesitaban hacerlo. Acojonaba mucho, y eso que era, como os digo, el monasterio situado más abajo de todos. Tereixa también pudo homenajear a sus antepasados campaneros con el carrillón del monasterio.
Hacia mediodía salimos de San Nicolás Anapafsas, ya culturizados convenientemente, y pusimos rumbo a nuestra siguiente meta, Delfos. Por el camino nos paramos a comer en Lamía, una localidad poco turística pero que también tenía un centro muy agradable, con muchos cafés y terrazas. Acabamos en un pequeño restaurante local que nos gustó y, aunque el camarero no hablaba más que griego y el menú tampoco estaba en otro idioma, nuestros conocimientos del lenguaje ya nos alcanzaron para comer justo lo que queríamos. Entre otras cosas, la mejor ensalada griega del viaje. Mira que yo no soy mucho de ensaladas, pero me pareció riquísima. Claro que aún no hemos probado un tomate que no esté bueno en este país. Y de las sardinitas asadas que nos sacó tampoco tenemos ninguna queja. A todo esto, que el camarero solo hablara griego no le impidió ser tan encantador como todos y cobrarnos igual de poco. Aún no habíamos hecho una comida que nos saliera a más de 10€ por cabeza. Eso sí, luego nos fuimos a una terraza a tomarnos un café frappé (los griegos son muy aficionados y lo hacen fabuloso) que nos costó unos 2,50€ cada uno. Comparado con otras cosas, el café griego no es tan barato, pero vale la pena.
Finalmente llegamos a Delfos, que hoy día es una localidad pequeña que vive, naturalmente, del turismo. Está situada en una montaña junto a las ruinas de los templos. Como aún era pronto, fuimos a ver el de Atenea Pronaia, que es el más lejano y antiguo. El nombre Pronaia, al parecer, hace referencia a que se erigió antes que el de Apolo, que es el más grande y conocido. De todos modos, al de Atenea Pronaia se puede entrar gratis y tiene una de las imágenes más características de Delfos y que muchos confunden con el Oráculo: las tres columnas reconstruídas del Tholos, casi lo único que está en pie actualmente del conjunto.
También intentamos ver el antiguo gimnasio, pero está cerrado por obras. Solo se puede atisbar un poco desde la carretera. Así que nos fuimos hacia nuestro hotel, el Parnassos, y nos llevamos la agradable sorpresa de que nos habían reservado una enorme suite para cuatro personas. Esa noche íbamos a dormir como reyes.
Claro que antes fuimos a cenar a un restaurante cercano al hotel llamado Epicoureos. Era un poco más lujoso que los demás sitios donde habíamos comido y bastante turístico, así que ya esperábamos que esta vez saltaríamos la barrera de los 10€ por cabeza (llegamos a 13€, no creáis que nos arruinamos). La comida no estaba mal, sobre todo la mousaka; el problema fue que nos tomaron mal uno de los platos y, al intentar arreglarlo, les dimos el nombre de otro que se llamaba parecido al que queríamos, pero no tenía nada que ver. En fin, tampoco es que cenáramos mal y las vistas al Golfo de Corinto son tan espectaculares como nos habían prometido en el hotel, aunque por la noche no se apreciaban mucho. Y ya a dormir, que al día siguiente seguiríamos con nuestro ritmo de madrugón, visita y viaje.
lunes, 9 de septiembre de 2013
08/09 Meteora
Aunque los títulos de las entradas indican el lugar donde dormimos cada día, nuestra idea es llegar a cada sitio a media tarde y realmente dejar la visita para la mañana siguiente, porque muchos sitios cierran pronto. Esto ocurre, por ejemplo, en Meteora, donde algún monasterio cierra a las tres de la tarde. Pero no adelantemos acontecimientos.
Mis buenas intenciones de levantarme pronto para aprovechar el desayuno del hotel fueron insuficientes: me quedé sobando como una marmota. Una marmota con resaca, para ser más precisos. De todos modos, Tereixa, que sí consiguió bajar al comedor antes de las diez, me dijo que el desayuno había estado bien, pero no tanto como el del día anterior. En fin, cuando subió me despertó, me arrastré hasta la ducha y de allí salí ya convertido en algo cercano a una persona. Acabamos de recoger, me tomé un café en la propia cafetería del hotel (y no nos metimos en la piscina de milagro, porque ya nos apetecía, ya) y fuimos directos a coger el coche para salir hacia Meteora. Por cierto, Tereixa no pudo devolver el mechero a la chica que estaba el día anterior en recepción. En efecto, cuando le preguntó si podía darle una caja de cerillas del hotel o algo, como no había, le dio su propio mechero. Ya os digo que todos los griegos nos están tratando muy bien, salvo la antipática de Hertz.
Como íbamos bastante empanados, no nos acordamos de que habíamos quedado con nuestros amigos para comer hasta que estuvimos en la carretera. Pablo, Stephy, reconocemos que somos unos zoquetes, pero no nos odiéis demasiado. En fin, hablamos con ellos por teléfono y les informamos de que nos habíamos marchado ya.
Como eso de los peajes por autopistas inexistentes del día anterior no nos había gustado mucho, le pedimos al GPS que los evitara. Al principio se hizo un lío, pero luego lo conseguimos. Y no era fácil: varias veces tuvo que tomar un desvío en el último momento para evitar el peaje. Llegamos a comer a Tríkala, una ciudad que destaca por la popularidad de las bicicletas en ella. Tanto que, según nuestra guía, hay dos días en septiembre en los que está prohibida la circulación de automóviles. Y nosotros llegábamos un domingo de septiembre... Cuando llegamos vimos una pancarta que decía que la fiesta de la bici había sido justo el día anterior, así que pudimos entrar.
El centro de Tríkala es semipeatonal y bastante agradable en el buen tiempo, con muchas terrazas a la sombra. Acabamos comiendo en un sitio simple de souvlaka, que viene a ser la comida rápida griega. Es decir: kebab en todas sus variedades. Tríkala no es un lugar turístico, así que solo tenían la carta en griego, pero la señora nos explicó todos los platos uno por uno. Eso sí, en alemán con algunas palabras en griego o en inglés. Pero bueno, fue suficiente para entendernos y que nos sacara unos platos enormes con todo lo que queríamos. Por 15€ casi salimos rodando.
Tal vez veáis en la foto dos vasos de agua. En Grecia, en cuanto te sientas te sacan una jarra o una botella de agua con vasos para todos. Y luego ya pides lo que sea. Y el postre también suele ir por cuenta de la casa. Cuando acabas de comer te sacan unos platos con fruta (en esta época, casi siempre sandía) o unos dulces.
Dimos un paseíto por Tríkala para bajar aquello y ya nos fuimos directos hasta Kastriki, nuestro destino. Meteora es un conjunto de peñascos enormes, muchos de ellos coronados por monasterios ortodoxos, pero no es una población. La que está al lado es Kastriki, que realmente es una pedanía de Kalambaka, otra población cercana. Nuestro hotel, el Pyrgos Adrachti (lo que los griegos transcriben como CH realmente suena como nuestra J), estaba en el extremo superior del pueblo; como nuestra habitación daba a la parte trasera, desde la ventana solo veíamos un bosque y los peñascos verticales de Meteora. Difícilmente podíamos pedir unas vistas mejores. Y, como siempre, el personal encantador. Casi antes de que abriéramos la boca nos dieron la contraseña de la wifi (todos los hoteles la tienen, es gratuita y va bastante bien), un mapa con todos los monasterios y sus horarios y un libro sobre Meteora en castellano. Este último solo en préstamo, de hecho estaba bastante sobado, pero nos sirvió para sacar bastante información útil.
Pese a llegar con tiempo para ir al monasterio que cerraba más tarde, precisamente el único que cerraba al día siguiente, preferimos dedicarnos a recorrer los alrededores. Se puede hacer algunos recorridos por el monte que hay junto al pueblo en los que hay algunos pequeños monasterios abandonados y una cosa bastante curiosa, la Roka, que consiste en eso mismo, una gran roca vertical. Quiero decir que no tendrá más de cinco metros de diámetro, pero no menos de sesenta de altura. Llegamos hasta allí y no la veíamos hasta que nos dimos cuenta de que la teníamos justo al lado. Es bastante impresionante. Y, pese a parecer escondida, como es tan alta sobresale entre los árboles y se ve perfectamente desde el pueblo, como pudimos comprobar más tarde.
También estuvimos recorriendo la propia Meteora, pero sin entrar en monasterios. Sí pudimos comprobar el paisaje desde las alturas y el montón de escaleras que íbamos a tener que subir para entrar en esos monasterios. De hecho llegamos hasta la entrada de uno, el de Santa Bárbara Rousanou (la ou en griego se lee, simplemente, u, como en francés) y conté los escalones: 265.
Después de tanto pateo nos tomamos una cervecita (recordemos, las cervezas griegas son de medio litro) en una terraza mientras veíamos el atardecer y nos fuimos a cenar a un sitio que nos habían recomendado, la Taverna Gardenia. De hecho es un sitio bastante popular, especialmente ese día en que tenían una mesa con casi treinta personas, así que el personal iba de un lado a otro a toda pastilla. Eso sí: ellos corrían mucho, pero a ti no te metían prisa. Los griegos te dan tu tiempo para comer, aunque lo habitual es que tampoco se apresuren tanto como estos en servirte. En fin, volvimos a comer muy bien por 16€ los dos. No sé cómo no hay más gordos en este país.
Y ya a dormir, que estábamos hechos mixtos con todas las escaleras, los paseos por el monte y las pocas horas dormidas la noche anterior. Mañana nos toca volver a madrugar para subir a Meteora.
Mis buenas intenciones de levantarme pronto para aprovechar el desayuno del hotel fueron insuficientes: me quedé sobando como una marmota. Una marmota con resaca, para ser más precisos. De todos modos, Tereixa, que sí consiguió bajar al comedor antes de las diez, me dijo que el desayuno había estado bien, pero no tanto como el del día anterior. En fin, cuando subió me despertó, me arrastré hasta la ducha y de allí salí ya convertido en algo cercano a una persona. Acabamos de recoger, me tomé un café en la propia cafetería del hotel (y no nos metimos en la piscina de milagro, porque ya nos apetecía, ya) y fuimos directos a coger el coche para salir hacia Meteora. Por cierto, Tereixa no pudo devolver el mechero a la chica que estaba el día anterior en recepción. En efecto, cuando le preguntó si podía darle una caja de cerillas del hotel o algo, como no había, le dio su propio mechero. Ya os digo que todos los griegos nos están tratando muy bien, salvo la antipática de Hertz.
Como íbamos bastante empanados, no nos acordamos de que habíamos quedado con nuestros amigos para comer hasta que estuvimos en la carretera. Pablo, Stephy, reconocemos que somos unos zoquetes, pero no nos odiéis demasiado. En fin, hablamos con ellos por teléfono y les informamos de que nos habíamos marchado ya.
Como eso de los peajes por autopistas inexistentes del día anterior no nos había gustado mucho, le pedimos al GPS que los evitara. Al principio se hizo un lío, pero luego lo conseguimos. Y no era fácil: varias veces tuvo que tomar un desvío en el último momento para evitar el peaje. Llegamos a comer a Tríkala, una ciudad que destaca por la popularidad de las bicicletas en ella. Tanto que, según nuestra guía, hay dos días en septiembre en los que está prohibida la circulación de automóviles. Y nosotros llegábamos un domingo de septiembre... Cuando llegamos vimos una pancarta que decía que la fiesta de la bici había sido justo el día anterior, así que pudimos entrar.
El centro de Tríkala es semipeatonal y bastante agradable en el buen tiempo, con muchas terrazas a la sombra. Acabamos comiendo en un sitio simple de souvlaka, que viene a ser la comida rápida griega. Es decir: kebab en todas sus variedades. Tríkala no es un lugar turístico, así que solo tenían la carta en griego, pero la señora nos explicó todos los platos uno por uno. Eso sí, en alemán con algunas palabras en griego o en inglés. Pero bueno, fue suficiente para entendernos y que nos sacara unos platos enormes con todo lo que queríamos. Por 15€ casi salimos rodando.
Tal vez veáis en la foto dos vasos de agua. En Grecia, en cuanto te sientas te sacan una jarra o una botella de agua con vasos para todos. Y luego ya pides lo que sea. Y el postre también suele ir por cuenta de la casa. Cuando acabas de comer te sacan unos platos con fruta (en esta época, casi siempre sandía) o unos dulces.
Dimos un paseíto por Tríkala para bajar aquello y ya nos fuimos directos hasta Kastriki, nuestro destino. Meteora es un conjunto de peñascos enormes, muchos de ellos coronados por monasterios ortodoxos, pero no es una población. La que está al lado es Kastriki, que realmente es una pedanía de Kalambaka, otra población cercana. Nuestro hotel, el Pyrgos Adrachti (lo que los griegos transcriben como CH realmente suena como nuestra J), estaba en el extremo superior del pueblo; como nuestra habitación daba a la parte trasera, desde la ventana solo veíamos un bosque y los peñascos verticales de Meteora. Difícilmente podíamos pedir unas vistas mejores. Y, como siempre, el personal encantador. Casi antes de que abriéramos la boca nos dieron la contraseña de la wifi (todos los hoteles la tienen, es gratuita y va bastante bien), un mapa con todos los monasterios y sus horarios y un libro sobre Meteora en castellano. Este último solo en préstamo, de hecho estaba bastante sobado, pero nos sirvió para sacar bastante información útil.
Pese a llegar con tiempo para ir al monasterio que cerraba más tarde, precisamente el único que cerraba al día siguiente, preferimos dedicarnos a recorrer los alrededores. Se puede hacer algunos recorridos por el monte que hay junto al pueblo en los que hay algunos pequeños monasterios abandonados y una cosa bastante curiosa, la Roka, que consiste en eso mismo, una gran roca vertical. Quiero decir que no tendrá más de cinco metros de diámetro, pero no menos de sesenta de altura. Llegamos hasta allí y no la veíamos hasta que nos dimos cuenta de que la teníamos justo al lado. Es bastante impresionante. Y, pese a parecer escondida, como es tan alta sobresale entre los árboles y se ve perfectamente desde el pueblo, como pudimos comprobar más tarde.
También estuvimos recorriendo la propia Meteora, pero sin entrar en monasterios. Sí pudimos comprobar el paisaje desde las alturas y el montón de escaleras que íbamos a tener que subir para entrar en esos monasterios. De hecho llegamos hasta la entrada de uno, el de Santa Bárbara Rousanou (la ou en griego se lee, simplemente, u, como en francés) y conté los escalones: 265.
Después de tanto pateo nos tomamos una cervecita (recordemos, las cervezas griegas son de medio litro) en una terraza mientras veíamos el atardecer y nos fuimos a cenar a un sitio que nos habían recomendado, la Taverna Gardenia. De hecho es un sitio bastante popular, especialmente ese día en que tenían una mesa con casi treinta personas, así que el personal iba de un lado a otro a toda pastilla. Eso sí: ellos corrían mucho, pero a ti no te metían prisa. Los griegos te dan tu tiempo para comer, aunque lo habitual es que tampoco se apresuren tanto como estos en servirte. En fin, volvimos a comer muy bien por 16€ los dos. No sé cómo no hay más gordos en este país.
Y ya a dormir, que estábamos hechos mixtos con todas las escaleras, los paseos por el monte y las pocas horas dormidas la noche anterior. Mañana nos toca volver a madrugar para subir a Meteora.
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