Hoy se celebraba el día del patrón de mi pueblo, San Macario, que fue un monje griego. Y, ya que no podía estar celebrándolo en Andorra, al menos iba a pasar la mañana viendo monjes griegos en Meteora.
Una vez más madrugamos, desayunamos (bastante bien, una vez más, y en una terracita que daba a los riscos de Meteora) y salimos con intención de llegar al primer monasterio a las nueve, su hora de apertura. Prueba conseguida. Gracias a nuestra puntualidad pudimos aparcar el coche bastante cerca de la puerta de Megalo Meteoro (Gran Meteoro, el monasterio más grande e importante de Meteora) y no teníamos todavía mucha gente haciendo visitas. Aunque durante toda la mañana tuvimos varios grupos guiados que esquivamos como pudimos.
De todos modos, eso de aparcar cerca de la puerta es relativo. Desde la carretera había que bajar unos cien escalones y luego subir casi doscientos para entrar en el monasterio (a la salida, al revés). Nos inflamos de subir escaleras durante toda la mañana. Se nos tuvo que quedar un culo como una piedra, aunque Tereixa ya lo llevaba así de serie. Cosa que no gustaba mucho en los monasterios: las mujeres no pueden entrar con tirantes, pantalones ni faldas cortas, aunque les dejan una especie de pareos en la puerta para tapar sus vergüenzas.
La zona visitable de Megalo Meteoro (sigue habiendo monjes en los monasterios, así que no se visitan las zonas que utilizan habitualmente) está organizada en buena parte como un museo. Está muy centrado en la relación entre la iglesia ortodoxa y el estado griego, a los que consideran casi como un todo. Esto lo apoyan con muchas historias de monjes que lucharon contra los diversos invasores del país, sobre todo los turcos. Como podéis ver, dan una visión muy parcial y glorificada de toda la historia. De todos modos, el edificio en sí es bastante interesante, sobre todo el katholikon (o iglesia central, tan recargada como todas las ortodoxas) y otras estancias que usaban los monjes.
Nuestro siguiente monasterio fue el de Varlaam. Es más pequeño que Megalo Meteoro, así que nos costó menos tiempo visitarlo, aunque el precio de la entrada era el mismo (cada monasterio cuesta 3€) y tuvimos que subir casi los mismos escalones para entrar. Ah, los monasterios tienen sus zonas abiertas, así que también se puede disfrutar de unas vistas fantásticas de los alrededores desde ellos.
Decidimos que con otro monasterio más ya nos bastaba y nos decidimos por San Nicolás Anapafsas, que está en la parte baja de las montañas en lugar de las cumbres rocosas. Aunque creo que nos hicieron subir aún más escaleras. Allí pudimos comprobar la vista desde el lugar donde los monjes subían a las cestas que usaban para subir o bajar del monasterio en las raras ocasiones en que necesitaban hacerlo. Acojonaba mucho, y eso que era, como os digo, el monasterio situado más abajo de todos. Tereixa también pudo homenajear a sus antepasados campaneros con el carrillón del monasterio.
Hacia mediodía salimos de San Nicolás Anapafsas, ya culturizados convenientemente, y pusimos rumbo a nuestra siguiente meta, Delfos. Por el camino nos paramos a comer en Lamía, una localidad poco turística pero que también tenía un centro muy agradable, con muchos cafés y terrazas. Acabamos en un pequeño restaurante local que nos gustó y, aunque el camarero no hablaba más que griego y el menú tampoco estaba en otro idioma, nuestros conocimientos del lenguaje ya nos alcanzaron para comer justo lo que queríamos. Entre otras cosas, la mejor ensalada griega del viaje. Mira que yo no soy mucho de ensaladas, pero me pareció riquísima. Claro que aún no hemos probado un tomate que no esté bueno en este país. Y de las sardinitas asadas que nos sacó tampoco tenemos ninguna queja. A todo esto, que el camarero solo hablara griego no le impidió ser tan encantador como todos y cobrarnos igual de poco. Aún no habíamos hecho una comida que nos saliera a más de 10€ por cabeza. Eso sí, luego nos fuimos a una terraza a tomarnos un café frappé (los griegos son muy aficionados y lo hacen fabuloso) que nos costó unos 2,50€ cada uno. Comparado con otras cosas, el café griego no es tan barato, pero vale la pena.
Finalmente llegamos a Delfos, que hoy día es una localidad pequeña que vive, naturalmente, del turismo. Está situada en una montaña junto a las ruinas de los templos. Como aún era pronto, fuimos a ver el de Atenea Pronaia, que es el más lejano y antiguo. El nombre Pronaia, al parecer, hace referencia a que se erigió antes que el de Apolo, que es el más grande y conocido. De todos modos, al de Atenea Pronaia se puede entrar gratis y tiene una de las imágenes más características de Delfos y que muchos confunden con el Oráculo: las tres columnas reconstruídas del Tholos, casi lo único que está en pie actualmente del conjunto.
También intentamos ver el antiguo gimnasio, pero está cerrado por obras. Solo se puede atisbar un poco desde la carretera. Así que nos fuimos hacia nuestro hotel, el Parnassos, y nos llevamos la agradable sorpresa de que nos habían reservado una enorme suite para cuatro personas. Esa noche íbamos a dormir como reyes.
Claro que antes fuimos a cenar a un restaurante cercano al hotel llamado Epicoureos. Era un poco más lujoso que los demás sitios donde habíamos comido y bastante turístico, así que ya esperábamos que esta vez saltaríamos la barrera de los 10€ por cabeza (llegamos a 13€, no creáis que nos arruinamos). La comida no estaba mal, sobre todo la mousaka; el problema fue que nos tomaron mal uno de los platos y, al intentar arreglarlo, les dimos el nombre de otro que se llamaba parecido al que queríamos, pero no tenía nada que ver. En fin, tampoco es que cenáramos mal y las vistas al Golfo de Corinto son tan espectaculares como nos habían prometido en el hotel, aunque por la noche no se apreciaban mucho. Y ya a dormir, que al día siguiente seguiríamos con nuestro ritmo de madrugón, visita y viaje.






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