El viernes nos tocaba nuestro último traslado, esta vez a Atenas. Pero por el camino queríamos ver un par de sitios más. En concreto Micenas y los alrededores de Corinto.
Ir a Micenas tiene un problema: los malditos exónimos. Con esto quiero decir que Micenas o Mycenas es el nombre del lugar en varios idiomas, pero no en griego. Así que no lo encontrábamos en el mapa ni en el TomTom. Vale, puedes buscar lugares con nombres parecidos, pero recordad que Micenas no solo es un lugar, sino también el nombre de una cultura. Resultado: después de recorrer una carretera, digamos, mejorable (con su trozo sin asfaltar y todo), acabamos en unas ruinas micénicas distintas de las que queríamos. Por suerte no estaban muy lejos de Mykines, que es el nombre griego de la antigua Micenas.
Antes de nada, tened en cuenta que las ruinas de Micenas datan del segundo milenio a.C., así que su estado no es primoroso. En realidad, llevan unos tres mil años así, porque muchos de los edificios se construyeron y destruyeron alrededor del siglo XII a.C. Eso es mucho tiempo. Pero sigue pudiendo verse el trazado de los antiguos edificios, la famosa puerta de los leones y, sobre todo, las tumbas.
Por las tumbas es por donde empezamos nuestro recorrido. Hay dos juntas llamadas de Aegisthos y Clytemnestra por dos personajes importantes de la historia de Mycenas, pero realmente no se sabe quién estaba enterrado en ellas. La historia de Aegisthos, Clytemnestra, Atreo (a cuyo nombre hay otra tumba un poco más lejos) y Agamemnon (a quien se cree que realmente pertenecía la tumba de Atreo) es la habitual: matanzas familiares, hijos que matan a padres y demás. Al parecer en la antigua Grecia, cuando se encontraban dos mujeres con los niños, la conversación venía a ser así:
- Vaya, Eleftheria, cuánto tiempo.
- Pues ya ves, Ifigenia, por aquí seguimos.
- Qué grande tienes al niño. Este ya habrá matado a su padre, por lo menos.
- Pues aún no, pero yo creo que le quedan dos telediarios.
Lo que no entiendo es cómo seguían teniendo hijos, la verdad.
Bien, las ruinas de la ciudadela estaban bastante concurridas. Había varios grupos guiados por todas partes pero, misteriosamente, en las tumbas no había casi nadie. Y, como os digo, están muy bien conservadas. Vacías, eso sí; cuando llegaron los arqueólogos ya estaba todo saqueado. Así que no se sabe muy bien cómo se ocupaban esos grandes recintos semisubterráneos en forma de colmena. En esta foto del interior de la tumba de Clytemnestra podréis apreciar a qué me refiero con lo de grandes.
El museo arqueológico anexo a las ruinas también es bastante interesante aunque, como pasaba en Epidauro, algunas de las piezas son copias porque el original está en Atenas. Pero sirve muy bien para conocer la antiquísima cultura micénica.
Al salir paramos para ver el llamado Tesoro de Atreo (en realidad, la tumba vacía, similar a la de Clytemnestra pero más grande), al que puede entrarse con la misma entrada del recinto arqueológico, y seguimos nuestro viaje hacia Corinto.
Corinto está aún en el Peloponeso, pero ya muy cerca del istmo que une (o unía) la península al continente. Digo lo de unía porque ahora el istmo está atravesado por el canal de Corinto. De todos modos, el canal no es muy ancho y casi ni nos dimos cuenta cuando lo atravesamos. Hoy día no hay muchas cosas interesantes en la ciudad, salvo una fortaleza que no supimos encontrar. Así que nos dedicamos a lo habitual: ver una ciudad griega sin turistas y comer en ella, a poder ser junto al mar. Con éxito. Y esta vez superándonos a nosotros mismos: no solo no tenían menú en inglés, es que ni siquiera tenían menú escrito donde comimos. Nos lo cantó la camarera en griego y fuimos capaces de pedir casi exactamente lo que queríamos. Digo casi porque me equivoqué y pedí γαύρο (gavro, anchoas) en lugar de γαριδες (garides, boquerones). Y menos mal, porque estábamos equivocados y, en realidad, γαριδες significa gambas. Nos las habríamos comido igual, claro, pero por error pedimos lo que de verdad queríamos. Suerte, oye.
Después de comer y pasear un poco por el centro de Corinto, que está lleno de cafeterías muy animadas y gente bebiendo café frappé (todavía no sé cómo no nos pedimos uno nosotros también), nos dirigimos definitivamente a Atenas. En lugar del camino que nos indicaba el TomTom, hicimos caso a la recomendación de Alexis para evitar atravesar toda Atenas. Y solo nos equivocamos un poquito: cogimos la salida anterior a la correcta. Lo malo es que la circunvalación de Atenas es de pago y la tarifa es fija: 2,80€ vayas adonde vayas. Así que tuvimos que pagar dos veces, porque volvimos a entrar para salir, quinientos metros más adelante, por el sitio correcto. Bueno, tampoco fue tan importante. Eso sí: en vista del tráfico de Atenas y la forma de conducir de los atenienses, agradecimos el consejo que nos permitió ir casi en línea recta a las oficinas de Hertz para devolver el coche; casi sin una gota de gasolina, ya que nos habían obligado a comprar el depósito lleno al cogerlo. Aquí nos trataron mucho mejor que en el aeropuerto y creo que hasta nos habrían acompañado al hotel si se lo hubiéramos pedido. Pero, una vez nos orientamos con el plano de la ciudad, fuimos los dos andando tranquilamente, atravesando el barrio de Plaka.
Para quienes no lo conozcáis, Plaka es el barrio más turístico de Atenas. Está lleno de restaurantes y tiendas de recuerdos. Y turistas, claro. De todos modos, vale la pena pasear un poco por allí, aunque para comer y cenar teníamos pensado ir al cercano Monastiraki, que no es demasiado diferente, pero menos turísitico.
Nuestro hotel, el Amazon, estaba realmente bien situado. En el límite de Plaka, muy cerca de la plaza Syntagma (que significa Constitución) y con vistas a la Acrópolis. Claro que desde cualquier sitio de Atenas hay vistas a la Acrópolis. En fin, dejamos las cosas y, aunque ya era un poco tarde para ir a visitarla, decidimos ir hacia allí a ver qué nos encontrábamos. Sin plano, que Tereixa decidió hacer una exhibición de sus habilidades para orientarse (que son bastante buenas, todo hay que decirlo). Era fácil ir en la dirección correcta, pero lo malo era que muchas veces las callejuelas no tenían salida. Finalmente tuvimos suerte (Tereixa diría que fue un nuevo acierto suyo) y dimos con la entrada a la ladera sur de la Acrópolis.
La entrada a la Acrópolis cuesta 12€, pero da derecho a entrar en otros cinco recintos arqueológicos de la ciudad durante cuatro días. Nuestra intención era visitarlos todos. Y uno de ellos es esta ladera sur, donde se encuentra el santuario del popular dios Dionysos. Los griegos no eran tontos y el dios más popular era el de el vino y la juerga. En los momentos de necesidad los atenienses recurrían a la diosa protectora de la ciudad, Atenea; pero en otras circunstancias, mucho mejor a Dionysos, dónde vas a parar.
Dentro del santuario están los restos de varios templos, una stoa (o galería comercial) y un teatro. Además se puede recorrer parte del peripatos o paseo circular que rodea la Acrópolis. Por aquí iban los filósofos discutiendo de sus cosas en tiempo. El teatro de Dionysos, pese a no conservarse demasiado mal, ya no se usa, pero sí el cercano de Herodes Atticus (o, como lo llamaba Tereixa en una de sus asociaciones de ideas, el teatro del Pequeño Ruiseñor). De hecho, estaban ensayando en él un espectáculo cuando pasamos.
Después de aquello salimos por la calle Dionysios Areopagita (o Aerofágico, que decía Tereixa) y fuimos en busca del precioso estadio Panathinaikos, donde se celebraron los Juegos Olímpicos de 1896. Lo habíamos visto desde la ladera, además de haber pasado por al lado con el coche, y queríamos ir a verlo. Pero esta vez las habilidades de Tereixa fallaron y acabamos en la plaza Syntagma, que tampoco está muy lejos. Aunque ella os diría que no fallaron, sino que nos llevaron allí unos minutos antes del cambio de guardia, conque nos quedamos a verlo. Lo hacen cada hora y es bastante espectacular. Nos habría gustado ver la ceremonia solemne que se hace el domingo por la mañana, pero ya no íbamos a estar allí; de todos modos, ya os digo que la normal también es chula.
Pasamos por el hotel, nos cambiamos y nos fuimos a cenar a Monastiraki, como habíamos pensado. A esa hora Plaka estaba en plena ebullición, pasamos por alguna calle que incluso agobiaba un poco por lo atiborrada de terrazas y ganchos de los restaurantes a la caza del turista, pero Monastiraki es más bonito. No es que esté vacío, ni de lejos, pero se está mejor. Cenamos en uno de los muchos restaurantes con música en vivo, lo que evitaba el paso de los músicos ambulantes (lo pongo en cursiva porque suelen ser muy malos). Pedimos una cosa llamada μπεκρή μεζές o plato del borracho solo por el nombre, porque no teníamos ni idea de qué sería, pero estaba bastante bueno. En realidad, todo lo que comimos en el viaje estaba bueno, para qué engañarnos. Y tras un paseo por el barrio y un sobresalto por el estampido de las campanas de una iglesia (por la noche, pero en Grecia la iglesia ortodoxa manda mucho y hace lo quiere) nos fuimos a dormir. Bastante cansados.
Hoy pensaba escribir una entrada doble para cubrir todo lo que quedaba de viaje. Pero como también ahora estoy cansado, dejaré el último día para mañana. Hasta entonces.





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