El sábado 14 era nuestro último día en Grecia. Al día siguiente volvíamos a casa temprano, de modo que teníamos un programa de actividades bastante apretado para poder ver todo lo que pudiéramos de Atenas. Yo ya estaba bastante agotado, pero ya descansaríamos a la vuelta. Además, ya os he contado que yo era el encargado de conducir siempre, pero a cambio Tereixa era quien llevaba nuestra mochila el resto del tiempo, así que yo no necesitaba llevar peso. Menos mal que la mierdacría está en buena forma y aguantaba bien.
El único peso que llevaba era el de la cámara fotográfica, que al fin y al cabo es pequeñita, pero de tanto andar con ella en el bolsillo acaba haciéndose un poco molesta. En casi todos los recintos cerrados de Grecia te dejan hacer fotos sin flash, incluyendo los museos y similares. La principal excepción son, para variar, las iglesias. A veces me acordaba del buda de Nara, en Japón, junto al cual hay un cartel que te anima a hacerle fotos para llevar su imagen por todo el mundo.
Después de nuestro habitual desayuno temprano empezamos nuestro recorrido. Que era bastante simple: queríamos ver todos los sitios a los que se puede entrar con la entrada combinada de la Acrópolis que compramos el día anterior, más el museo de la Acrópolis (que se paga aparte) y, si teníamos tiempo, el museo Arqueológico, que pillaba un poco más lejos. Empezamos por lo que quedaba más cerca del hotel: la Biblioteca Adriana.
Tal vez el nombre de Adriano no os suene muy griego, pero esto se debe a que no era griego (toma ya). En Grecia también hay bastantes ruinas romanas, pues entre los siglos II y I a.C. pasaron a ser una provincia romana. Como los romanos tomaron gran parte de la cultura griega, incluido el arte, existe continuidad y no es tan fácil para un visitante poco entrenado distinguir si las ruinas son griegas o romanas.
En la Biblioteca Adriana, como en tantos otros monumentos de la capital, se llevaron a cabo diversos trabajos de consolidación y restauración de cara a los Juegos Olímpicos de 2004. Era la época en que todavía había dinero, claro. Hoy día también hay obras en muchas ruinas, pero se ven muy paradas, lo que no es de extrañar dada la situación económica del país.
Como ya he mencionado antes, en todas las ruinas hay muchos gatos, igual que pasa en otros países mediterráneos como Turquía o Italia. Pero aquí lo que hay son tortugas. Ignoramos el motivo, pero hay unas cuantas. Luego vimos otra en Kerameikós, pero muerta, o eso parecía. Ya sabéis que las tortugas tienen una cierta tendencia a la inmovilidad.
De allí nos fuimos a visitar las dos ágoras; primero la romana y después la griega. En la romana no estuvimos mucho rato: es relativamente pequeña y quedan pocas cosas en pie, salvo una torre astronómica que está casi intacta. Pero la griega nos llevó un buen rato porque es bastante grande. Destacan en ella dos edificios: la Stoa de Attalos y el Templo de Efaistos.
La stoa, o galería comercial, era un edificio bastante habitual en las ágoras griegas. Son bastante grandes y tienen un pórtico cubierto bajo el cual se colocaban los comerciantes que no tenían puestos en el interior. La de Attalos podemos considerarla un sacrilegio porque está reconstruida íntegramente: es decir, no hay casi nada original en ella, salvo las numerosas estatuas que en ella se muestran, pues actualmente se utiliza como museo. A nosotros casi nos apetecía ver un edificio así, aun sabiendo que es una reconstrucción de hace 60 años, porque eso de imaginarte todo a partir de las ruinas acaba cansando un poco.
El templo de Efaistos, en cambio, se conserva casi como era hace más de dos milenios. Se considera el templo dórico mejor conservado y es uno de los edificios que más nos gustó de Grecia. Además, por la noche lo iluminan y, como está sobre una pequeña colina, se ve bastante bien desde las terrazas de Monastiraki, situadas junto al ágora. Nosotros lo veíamos mientras cenábamos.
En los recintos arqueológicos griegos se oye, de vez en cuando, un silbato. Corresponde a alguno de los vigilantes que están sentados por ahí vigilando a los turistas. Cuando uno se sube donde no debe, ¡¡¡piiiiiiiiii!!! Claro que no solo se baja de donde sea el destinatario del pitido, sino que todos los demás también nos apartamos de donde estamos, por si acaso. De todos modos, los vigilantes no se meten con nadie a menos que alguien haga lo que no debe.
Por si no miráis los textos alternativos de las fotos (solo tenéis que poner el cursor encima para ello), la foto anterior está tomada desde la Acrópolis. Que es adonde nos dirigimos después de recorrer el ágora griega. A mediodía, con toda la solana y con toda la masa de turistas, de la que pronto formamos parte. Pero era lo que mejor nos quedaba para no dar demasiada vuelta. La Acrópolis es visita obligada en Atenas, desde luego, pero mejor si vais a primera hora de la mañana o a última de la tarde. Si no, hay mucha gente. Y me imagino que en agosto aún será peor.
En fin, subimos la colina (después de los mil y pico escalones de Nafplio, aquello era pan comido) y nos presentamos ante el Propileo. La Acrópolis tiene cuatro puntos de especial interés: el Propileo o pórtico de entrada, el templo de Atenea Niké (o de la Victoria Áptera), el Erectheion y el Partenón. Todo ello dedicado, en general, a Atenea, la diosa protectora de Atenas.
Antes de cruzar el Propileo tenéis que mirar arriba a la derecha. Ahí está el pequeño, pero bonito templo de Atenea Niké, también llamado de la Victoria Áptera. Atenea se adoraba bajo diversas advocaciones (¿alguien ha mencionado a la Virgen María?), una de las cuales era Atenea Niké, diosa de la victoria. Niké en griego significa victoria; de ahí el nombre de la conocida marca deportiva que solo se llama naik en España. Pero no se refiere a Atenea, sino a la otra diosa Victoria, la Victoria Alada; el simbolito de Nike se supone que representa dos alas. Pero Atenea era diosa de muchas cosas, entre ellas algunas que ya tenían otro dios o diosa menor. Por ejemplo, era Atenea Hygeia, diosa de la salud, pese a haber también otra diosa menor llamada Hygeia que se dedicaba a lo mismo.
Nada más pasar el Propileo, a la izquierda, se encontraba la estatua de Atenea Promachos ("la que lidera en la lucha").
- Espera, espera: ¿Promachos? Tío, no me vengas con mandangas que eso significa lo que significa.
- A ver, la ch de las transliteraciones griegas se pronuncia como nuestra j, aunque en las palabras de origen griego ha evolucionado en nuestro idioma con el sonido k. De machos derivan palabras como tauromaquia.
- Si, ya, lo que tú digas...
En fin, disculpen la interrupción. Detrás de la estatua de Atenea Promachos estaba uno de los grandes templos de la Acrópolis y, seguramente, uno de los más originales de toda Grecia: el Erechtheion.
- Mira, para que no digas que no me fijo: la th se pronuncia como nuestra z y la ei se pronuncia, simplemente, i, ¿verdad?
- Pues sí, pero...
- Por tanto, Erechtheion se pronuncia...
- ¡Que te he dicho que la ch se pronuncia j, carajo!
- Ya. Como la pronunciaría José Bono, vamos.
- Ya vale de bromitas infantiles. Además, el acento va en la segunda e.
Bien, volvamos a lo nuestro. El Erechtheion es original porque está situado sobre una zona con desnivel. Por tanto, rompe totalmente la simetría clásica. Es más alto por un lado que por el otro y tiene un total de tres pórticos, entre los que se encuentra el famoso Pórtico de las Cariátides, que representan a algunas de las korai que servían a la diosa Atenea. El Erechtheion se llama así porque estaba dedicado a Erechtheys, un líder ateniense legendario, además de a la diosa Atenea Polias.
- ¡Atenea P...! Tío, es que me lo estás poniendo todo a huevo.
- A ver, se llamaba así porque era la protectora de la ciudad; viene de polis.
- Viene de hostias. Primero Atenea Promachos, luego Polias y tiene un templo llamado Erejción. Yo te diré a qué se dedicaba esa tía.
- Oye, estamos hablando de arte y me vienes con tonterías de críos. No demuestra mucha madurez pensar todo el rato en estúpidos juegos de palabras.
- Te daría la razón si no fuera porque estos diálogos te los estás inventando tú. Yo solo soy un tipo que te has inventado para proyectar las gilipolleces que no te atreves a decir por ti mismo.
- Estoooo...
¿Por dónde íbamos? Bueno, eso, que andábamos por la Acrópolis. Para el final he dejado el edificio más famoso de todos: el Partenón, dedicado a Atenea Parthenos o Atenea Virgen. Sí, Atenea era virgen, como la otra. Se supone que esa diosa representaba todas las virtudes y, por tanto, era inmune al pecado de la carne; esas cosas se las dejaba a Afrodita, que se tiraba a todo el panteón. Aunque Atenea era la madre adoptiva de Erichthonios, el abuelo de Erechtheys. La historia tiene su gracia: el bueno de Efaistos intentó zumbarse a Atenea y la persiguió al efecto, pero esta lo evitó y el tipo, que iba más salido que el pico de una plancha, eyaculó en el suelo. Y de ahí salió Erichthonios, a quien recogió Atenea. En cuanto a Afrodita, si recordáis el famoso cuadro de Boticelli, nació de la espuma del mar; pero tal vez no sepáis que esa espuma la levantaron los cojones de Urano cuando su hijo Cronos se los cortó y los tiró al mar. La mitología griega es graciosa.
Volvamos al Partenón. Para nuestra desgracia, estaba en obras pero bien. La fachada occidental del enorme templo estaba cubierta de andamios. Y rodeado de turistas, claro. En el Erechtheion estábamos cuatro gatos, como podéis deducir de la foto, pero es que estaban todos aquí. Parece que mucha gente suelta los 12€ solo para ver el Partenón. El resto de la Acrópolis lo ve desde lejos y a los demás recintos, ni se molesta en ir. Bueno, ellos se lo pierden.
Y eso que, al igual que ocurre con los demás templos de la Acrópolis, solo puede verse desde fuera y ni siquiera dejan acercarse mucho. Eso sí, os aseguro que el Partenón impresiona.
Pese a que no estábamos seguros de que nos diera tiempo de ver todo antes de la hora de comer, lo cierto es que nos sobró tiempo (con una horita vas que te matas), de modo que bajamos a Kerameikón. Que no es sino un cementerio. De esos de enterrar gente, con sus lápidas y demás. Es un sitio bastante interesante, aunque la mayoría de las lápidas son reproducciones (las originales están en el Museo Arqueológico) y casi desierto, por lo que pudimos recorrerlo a nuestro gusto.
Y de ahí sí que fuimos a comer. A un sitio de turistas en Monastiraki, pero bastante barato y razonable. Eso sí, luego fuimos a un café a tomarnos un frappé como dios manda para descansar de la paliza matutina. El último frappé de Grecia. Ay, cómo lo echaremos de menos.
Y después del descanso, al museo de la Acrópolis. Que no está en la propia Acrópolis (el antiguo museo, situado allí, se quedó pequeño y ya no se utiliza), sino al pie de la colina. Está situado de manera que por los ventanales puede verse la Acrópolis y, sobre todo, el Partenón. La última planta del museo tiene exactamente el mismo tamaño y orientación que el templo y en su interior están todas las estatuas, metopas y relieves originales situados en el lugar que les correspondería. Al menos, los que no se llevaron los ingleses al British Museum, claro. Lord Elgin aprovechó la época de la dominación otomana para llevarse todo lo que le apeteció de la Acrópolis, con la excusa de que estaba echada a perder. No es, precisamente, un personaje muy querido en Grecia. Con "todo lo que le apeteció" me refiero a cosas como una de las cariátides del Erechtheion y unos cuantos frisos sacados a martillazo limpio. Claro que no todos los destrozos se deben a él. La Acrópolis ha volado por los aires varias veces a lo largo de la historia y las diversas razzias anti-paganas también sirvieron para destrozar muchas esculturas. Es famoso un friso que se salvó porque los píos cristianos que estaban cargándoselos a martillazos descubrieron que, oh milagro, representaba la Anunciación de la Virgen. Claro que la "virgen" era la diosa Hera y el "ángel", su hija Hebe (que a veces se representaba con alas).
Además, en el museo pueden verse cinco de las Cariátides originales del Erechtheion (solo falta la que robó Lord Elgin) y montones de estatuas y otras piezas encontradas en la Acrópolis, correspondientes tanto a los templos actuales como a otros desaparecidos. En el museo podéis pasar, tranquilamente, el doble de tiempo que en la Acrópolis. Y para los niños tenían montado una especie de recorrido en torno a la diosa Atenea (no sé si otras veces lo montarán de otra forma). Muchas de las estatuas de la diosa tenían un cartel de colores en el que daban explicaciones mitológicas, artísticas y arqueológicas dirigidas al público infantil, aunque útiles para cualquiera (todas las piezas tienen sus explicaciones, de todos modos, y son bastante buenas).
Ya solo nos quedaba un recinto por ver: el templo de Zeus Olímpico, que el día anterior habíamos visto desde fuera. Pero, oh sorpresa: pese a que en nuestra guía ponía que cerraba a las ocho, en realidad lo hacía a las cinco, de manera que nos quedamos sin verlo. Un amable taxista vino en seguida a decirnos que ya estaba cerrado y que mejor nos íbamos a la colina más alta de Atenas, desde la que había una excelente vista de la ciudad. No, gracias, ya la hemos visto bien desde la Acrópolis. No, no, la Acrópolis está muy abajo, la otra es mucho mejor. Bueno, Alexis ya nos había prevenido contra los taxistas griegos y pasamos de él.
Además, nuestra intención era terminar el recorrido en un recinto cercano que a los dos nos apetecía mucho: el estadio Panathinaikos, que el día anterior no llegamos a visitar. Y aún teníamos más ganas después de haber visto la copa original de Spyridon Louis, el ganador de la primera maratón de la historia, la de los Juegos de Atenas 1896, que está expuesta en el museo de la Acrópolis (mientras le construyen una sala especial en otro sitio). Claro que no pensábamos que dejasen entrar, pero sí. Aunque llegamos tarde (caca). De todos modos, se ve muy bien desde fuera porque le falta uno de los fondos por completo, el que da a la calle y se usa como entrada. Hoy día en el estadio se celebran competiciones atléticas oficiales porque las dimensiones de su pista no lo permiten, pero sí algunas escolares, además de espectáculos varios.
Y ya era hora de pasar por el hotel, cambiarnos e ir a cenar por última vez en Grecia. Nuevamente en Monastiraki con unas hermosas vistas al templo de Efaistos. Y al hotel a dormir, que al día siguiente nos teníamos que levantar a las (glups) cinco de la mañana para coger el avión.
Cuando salimos del hotel a las seis teníamos unas bolsas de desayuno preparadas, tal como acordamos la noche anterior. A cambio les dejé mi ordenador en la habitación; más de 100€ me va a costar la broma de que me lo manden a casa. Fuimos a la parada del autobús que nos llevaría al aeropuerto y pronto vino un amable taxista (no sé si el mismo del día anterior) a informarnos de que los autobuses no pasaban porque había huelga. Espantamos al timador y vuelta a casa sin más incidentes. Eso sí, en cuanto llegué a casa, me eché una siestecita casi hasta el día siguiente.
Resultado del viaje: Tereixa no ligó con ningún griego y yo, con tanto tute, perdí un par de kilos. Tendremos que repetir otro año.









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