Antes de empezar, diré que Tereixa se ha quejado de que la entrada anterior ha quedado demasiado sosa y creo que tiene razón. Intentaré esmerarme un poco más con esta.
Una vez más, el despertador a las 7:15 para estar desayunando a las 8:00. Cuando vuelva al trabajo no me explicaré cómo he podido pasar las vacaciones madrugando en lugar de dormir hasta mediodía, que es lo que a mí me gusta.
El principal recinto arqueológico de Delfos y su museo abren a las nueve y, una vez más, allí estábamos como clavos a esa hora. La entrada al recinto arqueológico cuesta 6€ y la del museo, otro tanto, pero se pueden sacar las dos juntas por 9€. Desde luego, es lo más recomendable, porque uno complementa al otro.
Aunque antes de llegar a la taquilla lo primero que vimos fueron los gatos de Delfos. No sé por qué, pero en todas las ruinas hay gatos. En este caso, todos de la misma familia, al parecer, porque todos se parecían mucho. El que vino a saludarnos fue el benjamín, al que no calculo más de quince días de edad. Luego sabíamos por dónde andaba gracias a las exclamaciones de los demás visitantes de las ruinas cuando se lo encontraban.
Una vez con las entradas, decidimos empezar por el recinto arqueológico, aprovechando que todavía no hacía mucho calor. De todos modos, es la elección correcta: así, cuando ves las piezas en el museo recuerdas en qué lugar del recinto estaban.
Esta vez volvimos a tener muchos grupos guiados, pero lo cierto es que apenas nos estorbaron y espero que tampoco nosotros a ellos. El área que ocupa todo el recinto antiguamente dedicado a Apolo es bastante grande. Aquí sí es donde se encontraba el Oráculo al que venían a consultar desde toda Grecia. Solo funcionaba un día al mes y se formaban grandes colas; si no daba tiempo a atender tu consulta, tenías que quedarte un mes más en Delfos hasta la siguiente ocasión. Ríete tú de las quinceañeras haciendo cola para ver a Justin Bieber, oye.
La consulta en sí consistía en que preguntabas lo que fuera a los sacerdotes y estos llevaban tu petición a la pitonisa (llamada así porque el recinto estaba situado donde se suponía que Apolo había derrotado a la serpiente Pitón). La pitonisa estaba drogadísima porque estaba situada junto a una grieta de la tierra de la que emanaban vapores ponzoñosos, así que emitía unos gruñidos y sonidos inconexos que los sacerdotes interpretaban, llevando esta interpretación al peticionario. El problema fue que la pitonisa solía ser una mujer joven, así que se dieron varios casos en que esta se fugaba con alguno de sus visitantes. Para evitarlo, se decidió que la posición de pitonisa solo se otorgara a mujeres mayores de cincuenta años. Y, en aquella época, nadie tenía mucho interés en fugarse con una cincuentona. Problema arreglado.
Además del Oráculo, en el recinto sagrado había varios templos erigidos por ciudades griegas como ofrenda al dios Apolo. También estaba allí la Sibila, que emitía sus propias profecías independientes del Oráculo. Y el Omphalos u ombligo del mundo, un gran huevo de piedra labrado que se encontraba en varios lugares del recinto, pues los griegos situaban el centro del mundo en Delfos. Y, dada la gran cantidad de gente que acudía a Delfos, había algunas instalaciones para dar espectáculos, como un teatro y un estadio. Todo ello se conserva en bastante buen estado, pero tened en cuenta que, en cualquier caso, son ruinas.
Después de patear todo (y subir, una vez más, un montón de escaleras) nos fuimos al museo. Casi todos los objetos y estatuas hallados en Delfos se conservan allí, no en la zona arqueológica. Está la esfinge de piedra que coronaba una columna situada tras la Sibila. Hay un omphalos labrado, no liso como el que puede verse en el recinto. Un montón de estatuas humanoides de piedra a tamaño natural o superior y la que tal vez sea la estrella del museo, el famoso Auriga de Delfos, la primera estatua griega de bronce de tamaño natural que se encontró. Se llama así porque solo se conserva la figura del propio auriga, si bien se considera que, originalmente, la estatua incluía la cuadriga con sus cuatro caballos y algunas figuras auxiliares. El auriga se ha conservado hasta nuestros días gracias a que lo sepultó un terremoto; si no, lo habrían saqueado igual que casi todas las demás piezas de metal, con el noble propósito de... pues eso, de conseguir metal. A ver si creéis que eso de robar cable de cobre es algo nuevo. Antes trincaban estatuas enteras y las fundían.
Y ya había llegado al hora de marcharnos. El viaje de hoy era bastante largo, hasta Olympia, pero decidimos parar a comer y visitar un poco Náfpaktos, también conocida en España como Naupaktos (aunque la u entre vocal y consonante se pronuncia f y suele transcribirse así) o, sobre todo, Lepanto. En efecto, en el pequeño golfo situado frente a su costa se libró la famosa batalla naval de Lepanto en la que España y sus aliados (Venecia, Génova y otros países mediterráneos occidentales) infligieron una dura derrota a la flota turca, que tardó mucho tiempo en rehacerse. Resultaba curioso ver allí varios autobuses de una agencia de viajes llamada Trafalgar, pues en esa batalla fuimos nosotros quienes llevamos para el pelo.
Comimos en una mesa pegadita a la playa, con muy buena vista al golfo y el puente de Patra que cruzaríamos más tarde. Un montón de sardinas asadas con alguna otra cosilla, por el precio habitual, aunque esta vez no tuvimos fruta al final. Y luego, en lugar de café frappé, nos decantamos por unos helados. Grandes y baratos, además de buenos, como debe ser. Con nuestros helados fuimos hasta la fortaleza portuaria, junto a la que hay una estatua de Cervantes, y luego subimos hasta el castillo que hay en el monte situado tras la ciudad. Bueno, hasta arriba del todo no subimos, que ya estábamos hartitos de tanta escalera, pero sí a una buena altura que nos permitía tener unas vistas excelentes de Náfpaktos, el golfo de Corinto y detrás, el Peloponeso.
Después de todo ese paseo seguimos camino. Primero hasta el cercano puente de Patra, que une la Grecia continental con el Peloponeso. El Peloponeso era una península hasta que se construyó el canal de Corinto, justo en el otro extremo del golfo; ahora es técnicamente una isla. Pero se puede cruzar hasta allí, como digo, usando el puente. De peaje, y nada menos que 13,20€, pero no íbamos a dar la vuelta por Corinto, que está en el quinto pino. Además, durante los kilómetros siguientes al puente hay autopista con un montón de túneles y, curiosamente, ya no nos cobraron más peajes. Esto ya no es lo que era.
Aún teníamos un buen trozo hasta Olympia, que está en el sur del Peloponeso, así que Tereixa propuso parar por el camino en una playa que le había recomendado Alexis, el de Grecotour. Gran recomendación, oye. Una playa enorme en medio de la nada, de arena (como debe ser) y con bastante poca gente. Creo que no teníamos a nadie en cien metros a la redonda. Allí nos dimos un buen bañito y salimos ya de otra manera, como señores.
Y finalmente llegamos a Olympia. El pueblo actual, situado a solo unos metros de la antigua Olympia, no tiene mucho interés aparte de las tiendas, bares y restaurantes, así que nos dimos una buena ducha, descansamos un rato y nos fuimos a cenar. Un poco más caro que en días anteriores, porque esto es aún más turístico que los otros sitios, pero bastante bien y tratados con la habitual amabilidad. También por parte del personal del hotel, como nos ha pasado siempre hasta ahora. Luego un cafecito junto a la piscina del hotel y a la cama, aunque también he aprovechado para, como veis, ponerme al día con la plasto-serie. Ahora me voy a la cama, que mañana es el último día de madrugón - visita - viaje. Luego pasaremos dos noches en Nafplos, lo cual me permitirá cansarme un poco menos, que yo no estoy acostumbrado a conducir tanto. Buenas noches.




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